miércoles, 22 de marzo de 2017

Métodos de ejecución medievales: la rueda




Reo enrodado según una miniatura anónima del siglo XIV
Desde los tiempos más remotos, el ser humano ha desplegado toda su creatividad a la hora de idear métodos a cuales más horripilantes para castigar a los que sacaban de una forma u otra los pies del tiesto. Como ya hemos comentado alguna que otra vez, las penas de privación de libertad son un invento relativamente moderno. En la Edad Media los habitual era que los recluidos en una cárcel fuesen prisioneros de guerra, y no como castigo en sí, sino como una forma de custodia preventiva mientras se negociaba el rescate correspondiente. Pero aparte de estos, prácticamente hasta la llegada de la Era Moderna solo se encerraba a determinados personajes políticamente molestos, por lo general de un rango elevado, con la única finalidad de quitarlos de en medio sin convertirlos en mártires. No obstante, estos sujetos no se veían emparedados durante años o incluso de por vida como consecuencia de una sentencia judicial por un determinado delito, sino por cuestiones puramente arbitrarias y por el mandato de monarcas temerosos de verse cesados de sus cargos por obra y gracia de un adversario político ya fuera un noble o incluso un pariente, como le ocurrió al desdichado Don García, que recibió de su padre el rey Fernando I el reino de Galicia y que por ello se pasó toda la vida en un calabozo, primero por orden de su hermano Sancho y, tras el asesinato de este, por su otro hermano Alfonso.


Un reo en el cepo. Pasarse una semana en semejante postura
debía producir unas tortícolis simplemente fastuosas, pero
mejor eso que acabar descuartizado en vida
Así pues, los delincuentes comunes se veían sometidos a un amplio surtido de castigos físicos que iban desde los azotes o el cepo en los casos más leves, la amputación de orejas, narices o manos para los delitos de cierta entidad y, por último, a la pena de muerte aplicada de forma más o menos cruenta en función de la gravedad del delito cometido. En la Edad Media, los robos, el proxenetismo y las violaciones se solían saldar con multas y la correspondiente tanda de latigazos para dejar en los lomos de los infractores el recuerdo indeleble de su iniquidad, o bien con unos cuantos años dándole al remo en las galeras del rey cuando, debido al auge de las marinas de países como España o Francia, se relegó al olvido a los remeros profesionales de antaño, siendo estos sustituidos por una chusma de forzados. Otra posibilidad era, tras ser azotado, verse varios días sujeto a un brete donde, aparte de la incomodidad, el reo era expuesto al escarnio público y, lo que era peor, al sádico regodeo de la chavalería, esos súcubos sacados del abismo y camuflados bajo una capa de inocencia que no paraban de hacerle perrerías al desdichado de turno.

Este era uno de los métodos menos crueles. Un espadazo en
el pescuezo y adiós muy buenas
Pero los crímenes de más gravedad como los asesinatos en cualquiera de sus variantes legales, la traición, la sodomía, el bestialismo o la pederastia eran castigados con la muerte en sus formas más salvajemente refinadas. Porque, no lo olvidemos, en aquellos tiempos eso de la reinserción que tanto se lleva ahora no estaba siquiera contemplado, y los castigos tenían un doble cometido: en primer lugar, como pago al mal cometido. Si alguien mataba con alevosía o llevaba a cabo una traición o cometía un magnicidio era automáticamente repudiado por la sociedad, la cual consideraba que ese sujeto no solo era ya irrecuperable, sino que ni siquiera merecía seguir viviendo por lo que debía ser eliminado, satisfaciendo además el ansia de venganza tanto de los parientes de la víctima como de una sociedad que dormirá más tranquila sabiendo que hay un hideputa menos suelto por el mundo. 


Ejecución de un hombre que traicionó a los suyos e
intentó facilitarles la entrada a la ciudad suiza de Bellizona,
sitiada por los gabachos en 1500. Como vemos, está siendo
eviscerado en un estado de plena consciencia. Chungo, ¿no?
Por otro lado estaba la evidente intención ejemplarizante o coercitiva: mirad lo que le pasa al que se salta las leyes. Si no queréis acabar como este cretino, ya sabéis lo que no debéis hacer. Como es lógico, para una sociedad que convivía a diario con la Muerte en sus peores formas- guerras, hambre, plagas y enfermedades-, palmarla simplemente ahorcado podía significar un riesgo menor si el premio merecía la pena, así que no estaba de más llevar a límites inhumanos la aplicación de castigos por determinados delitos para que, ante lo espantoso de los mismos, fueran muy pocos los que prefirieran arriesgarse a acabar de semejante modo. De esta doctrina surgió la idea de que someter a un sufrimiento extremo a los reos de muerte era la mejor forma de convencer a los delincuentes en potencia de que, si llevaban a cabo cualquier tropelía, podían tener un final muy, pero que muy desagradable. En definitiva, no debemos ver estos brutales métodos de ejecución como una mera explosión de sadismo gratuito, sino como un ejercicio de persuasión. Debemos recordar, y siempre insisto mucho en ello, que es un error ver los actos de los que nos precedieron en el tiempo bajo nuestros esquemas de valores porque es la mejor forma de equivocarnos a la hora de opinar, que no juzgar, sobre su conducta. Hoy día, nuestro peor castigo es tener a un sujeto 40 años en la trena, y puede que dentro de dos o tres siglos nos vean de la misma forma que nosotros vemos a los que vivieron hace el mismo tiempo, así que lo más acertado a mi modo de ver es intentar comprender por qué actuaban de una u otra forma.


Bien, hecho este pequeño introito aclaratorio, procedamos. Uno de los métodos de ejecución más terroríficos ideados por el hombre era la rueda. Ser enrodado era garantía de una de las muertes más dolorosas y lentas que se podían concebir si bien debemos de diferenciar entre la rueda creada como instrumento de tortura y la destinada a ejecutar reos de muerte. La referencia más antigua del empleo de este chisme proviene del martirio de santa Eufemia, una cristiana natural del Calcedonia, al NO de la actual Turquía, a la que Prisco, el gobernador de la provincia, quiso obligar a rendir culto a los dioses paganos. En la imagen superior vemos la escena en la que el malvado Prisco intenta convencer a Eufemia que ser cristiana no era nada aconsejable, para lo cual un verdugo la hace girar sobre una hilera de cuchillas que le harán bastante daño, pero no la matarán. De hecho, la santa acabó su tortuosa existencia a manos de un oso en uno de los execrables espectáculos circenses de Diocleciano, al que los cristianos le caían especialmente mal. La otra referencia, más conocida quizás, es la del martirio de Catalina de Alejandría en el siglo IV de nuestra era (imagen inferior). Fue un caso similar al de la pobre Eufemia ya que esta criatura se enfrentó personalmente al mismísimo emperador Majencio y hasta logró convertir a multitud de sabios y soldados ante la impotencia del césar el cual, muy cabreado, ordenó construir unas ruedas armadas de cuchillas que girasen en sentidos opuestos para producir heridas y desgarros en ambas partes del cuerpo de la santa. Sin embargo, antes de que estas llegaran a causarle algún daño unos ángeles las hicieron pedazos, que para eso era una santa de primera clase. Por desgracia, eso no impidió que Majencio cortara por lo sano, nunca mejor dicho, ordenando que fuera decapitada haciendo incluso caso omiso de las súplicas de su mujer la emperatriz, que le imploraba que perdonase a Catalina. En todo caso y cuestiones legendarias y religiosas aparte, queda patente que, al menos en principio, la rueda se concibió como un instrumento de tortura que, por cierto, mantuvo su aplicación durante la Edad Media si bien de forma similar a las que hemos visto y no como método de ejecución, que era bien diferente.


El enrodamiento como método de ejecución se extendió por toda Europa Central, Francia, Inglaterra e incluso algunos países del norte como Suecia o Rusia a partir del siglo XV, perdurando hasta fechas tan tardías como mediados del siglo XIX en Prusia, concretamente en 1841. No obstante, hay testimonios que prueban que anteriormente ya se conocía este suplicio, como vemos en la foto de la derecha, correspondiente a un fresco de la iglesia de Saint Savin-sur-Gartempe datado hacia 1100 y que muestra el martirio de los santos Sabino y Cipriano. Por la contorsión de sus cuerpos podemos pensar que antes de ser colocados en las ruedas les molieron los huesos a golpes. Por cierto que no quiero desaprovechar la oportunidad de clamar una vez más contra la Leyenda Negra que atribuía a los españoles las mayores crueldades imaginables cuando, mira por donde, este bestial castigo jamás se empleó en España o sus dominios mientras que gozó de especial popularidad en la civilizada Suiza, la ejemplar Dinamarca, la culta Francia o la siempre envidiada Suecia, extendiéndose su uso hasta fechas tan tardías como finales del siglo XVIII. La rueda, por el extremo sufrimiento que producía en los reos, se reservaba para los delitos más inicuos: traición al estado, la ciudad o los superiores inmediatos, parricidios, magnicidios o para delincuentes que, aunque no tuvieran sobre sí delitos de sangre, el cúmulo de fechorías- robos, violaciones y desmanes de todo tipo- hicieran aconsejable aplicarles un castigo ejemplar. 


Al parecer, el origen de este suplicio es bastante antiguo ya que, por ejemplo, en los versículos 12 y 13 del capítulo 9 del Libro IV de los Macabeos (c. siglo I d.C.) dice "...cuando se cansaron de golpearle con los látigos sin conseguir nada, lo colocaron sobre la rueda. Tendiéndolo en ella, el noble joven fue descoyuntado". Por otro lado, según Gregorio de Tours en origen este castigo consistía en colocar una extremidad del reo sobre un bache del camino de forma que quedase una parte de la misma en el aire, tras lo cual se pasaba sobre ella un carro produciéndole una fractura a lo bestia que, en aquellos tiempos, si no te mataba por interesar los fragmentos del hueso alguna arteria o vena importante, al menos lo dejaba a uno tullido para siempre. De ahí que inicialmente, y tal como podemos constatar en las representaciones gráficas más antiguas, el castigo consistía en colocar al reo con los brazos y piernas extendidos sobre unos tacos de madera que hacían las veces de hondonadas en el camino, tras lo cual el verdugo descargaba sobre ellos una pesada rueda de carro rompiéndole las piernas por encima y por debajo de las rodillas, así como los brazos y los antebrazos. Como podemos dar por sentado, el dolor sería inimaginable ya que estas fracturas, en muchos casos, serían abiertas, haciendo que los huesos destrozados emergieran por las heridas. El procedimiento podemos verlo en la miniatura superior, datada hacia finales del siglo XV, que muestra a un reo tumbado e inmovilizado en el suelo con el verdugo a punto de descargar la rueda sobre su muslo derecho. Naturalmente, el verdugo se lo tomaba con tranquilidad para alargar el suplicio y, con ello, el sufrimiento del reo.


Rueda de la Fortuna del CARMINA BVRANA, una
complicación de pomas escrita hacia 1230
Pero, ¿por qué una rueda y no un simple mazo o cualquier otro objeto contundente? Para deducirlo debemos remontarnos a los albores de la Edad Media, cuando Anicio Manlio Boecio (c.480-524), un filósofo y político romano tomó la rueda como símbolo iconogáfico de la diosa pagana Fortuna para asimilarlo al fatalismo cristiano que implicaba la Providencia. De ese modo, la ROTA FORTVNÆ, la Rueda de la Fortuna, con su caprichoso giro se había convertido en un símil de la Providencia, que nos depararía cualquier cosa, buena o mala, a modo de implacable e inexorable destino. Esta alegoría empezó a popularizarse a partir del siglo XI en forma de cuatro personajes alrededor de una rueda como símbolo del paso del tiempo, los cuales representan las vicisitudes del poder temporal: a la izquierda una de las figuras asciende por la rueda bajo el lema de REGNABO (reinaré), la siguiente se encuentra en la parte superior con el lema REGNO (reino), a la derecha otra figura, descendente en este caso, nos comunica que REGNAVI (reiné), mientras que la última, colocada en la parte inferior, SVM SINE REGNO, o sea, dice que está sin reino. Así pues, la rueda representa lo transitorio del poder, las riquezas, los honores o la misma juventud y, por ende, la inestabilidad de los asuntos mundanos, así como la vacuidad de las cuestiones terrenales y lo pecaminoso de la condición humana. Por todo ello, la rueda pasa a convertirse, especialmente a partir del siglo XII, en la protagonista de las referencias al pecado en la iconografía de la época hasta bien entrado el Renacimiento.


Obsérvese como los dos reos enrodados tienen sus
extremidades envolviendo los radios y las llantas
de las ruedas que los sostienen
Por lo tanto, el hecho de golpear y castigar a un reo con una rueda, símbolo del pecado y las desdichas, podemos tomarlo como una especie de cruel ironía en la que se pretende dar a entender que la veleidosa Fortuna, o la Providencia si lo preferimos, ha sido la causante de que el criminal se vea sometido a semejante suplicio por sus pecados. Puede que a alguno le suene un poco rebuscada esta asimilación simbólica sobre algo tan ruin como era una ejecución, pero no olvidemos que en la Edad Media la simbología estaba íntimamente unida al imaginario popular como forma de aprendizaje. ¿Qué eran sino los canecillos y capiteles románicos sino meras advertencias a un pueblo analfabeto e inculto que solo tenía ocasión de aprender mediante los "cómics" de la época? En la mente humana, los símbolos se agarran a la memoria como garrapatas en pellejo perruno, y una vez asimilado el significado del símbolo jamás lo olvidaremos. ¿Quién no sabe que una calavera con dos tibias cruzadas significa peligro de muerte, o que un octógono pintado de rojo con una palabra inglesa que pone STOP quiere decir que debemos parar el coche aunque no sepamos que stop significa deténgase? En resumen, si la rueda era el pecado, qué mejor forma de acabar con el reo que con el símbolo de dicho pecado que, además, se asimilaba a lo caprichoso del destino. El mensaje era pues muy claro: has cometido un delito grave y, por lo tanto, has pecado contra Dios y los hombres, así que debes ser castigado con un instrumento que dejará bien claro a los que presencien tu suplicio que la Providencia es lo que te ha llevado a semejante situación.


Ejecución de tres reos en Lucerna, Mientras que al último
de ellos aún le está partiendo los miembros, los otros
dos ya están esperando a que los cuervos de la comarca
se den un festín a su costa
Bien, aclarado el motivo del por qué se usaba una rueda y no cualquier otro objeto lo suficientemente contundente como para partir huesos de un golpe, prosigamos con el procedimiento, que no se limitaba a romper los brazos y las piernas del reo. Una vez concluida la sesión de rotura ósea, se inmovilizaba al doliente personaje sobre la misma rueda empleada para el suplicio rodeando los radios de la misma con los miembros rotos que, al carecer de la rigidez que proporcionan los huesos, se convertían en una plastilina cárnica que se adaptaba a cualquier superficie. A continuación se colocaba la rueda en un poste por el orificio del eje y se erigía a la vista de todos, dejando al reo allí a que esperase pacientemente una muerte que, en función de su resistencia física, podía tardar horas o incluso días con la compañía de toda la volatería carroñera de la comarca que los molerían a picotazos sin que pudieran defenderse. El caso de resistencia más asombroso fue el narrado por Gaspar Herber von Lochem en una crónica escrita en 1581 en la que da cuenta de la aterradora historia de lo que hoy llamaríamos un asesino en serie. El fulano en cuestión era un tal Christman Genipperteinga, el cual liquidó nada menos que a 964 personas entre los años 1568 y su captura en 1581. Sus crímenes los perpetraba por lo general usando unas cuevas como apostadero cerca de los caminos, liquidando a todo aquel que pasase por el lugar. Tras ser denunciado hicieron falta 30 hombres para darle caza, encontrando en su tugurio un botín cuantiosísimo a base de armas, dinero, joyas, etc. A un personaje semejante había que darle un tratamiento especial, así que en este caso alargaron la agonía del reo durante nueve días administrándole bebidas tonificantes que, además, le evitarían morir por deshidratación, principal causa de la muerte cuando se sufren hemorragias de poca intensidad, antes incluso de que sobrevenga un shock hipovolémico. En fin, un cabronazo semejante no merecía menos.


Pero no hacía falta cargarse a casi mil probos ciudadanos para acabar enrodado. Los parricidios estaban muy mal vistos, y los que eran denunciados por liquidar a un familiar podían tener la certeza de que acabarían de muy mala manera. De hecho, las crónicas tanto escritas como gráficas de la época nos han legado multitud de testimonios que nos permiten tener conocimiento del como y el por qué de este peculiar sistema de ejecución. La serie de viñetas que vemos arriba, datadas en 1513 y que proceden de la Crónica de Lucerna, nos muestran el caso del lansquenete Hans Spiess, el cual estranguló a su mujer mientras dormía. De arriba abajo y de izquierda a derecha  vemos en primer lugar al alevoso Spiess apretando el pescuezo de la parienta. A continuación se ven a los vecinos que entran en la alcoba y contemplan el crimen, tras lo cual denuncian al marido. Conviene aclarar que en aquella época la justicia no actuaba de oficio, por lo que si nadie efectuaba una denuncia el crimen quedaría impune. No fue este el caso ya que, tras detener al sospechoso, se le sometió a tormento para obtener su confesión, en este caso mediante la garrucha que los anti-españoles siempre atribuyen de forma exclusiva a la Inquisición. Ante la negativa del tal Spiess, este fue llevado ante la tumba de su mujer y, tras exhumar el cadáver, éste se puso a echar espuma y a sangrar, lo que fue tomado como una afirmación de su culpa. Cabe suponer que tanta porquería era la consecuencia de la putrefacción, pero la cosa es que eso fue lo que terminó de asegurar la condena del lansquenete, cuya ejecución tuvo lugar en la ciudad de Willisau. La podemos ver en la última viñeta. 


Pero en muchas ocasiones la autoridad judicial consideraba el enrodamiento "poca cosa" ante la magnificencia de un crimen, sometiendo al reo a una serie de tormentos previos para darle a entender que su conducta había sido muy reprobable, y que estaban por la labor de hacérselas pasar putas durante las últimas horas de su existencia en este mundo. Un ejemplo lo podemos ver a la derecha, donde se muestra todo el proceso seguido en 1589 durante la ejecución de un tal Franz Seubold narrado por su mismo ejecutor, el verdugo de Nuremberg Franz Schmidt. Arriba a la izquierda se ve el móvil del crimen, en este caso matar a su padre mientras el hombre se dedicaba a cazar pájaros con redes. Abajo a la izquierda vemos un carro con el reo camino del patíbulo acompañado de los alguaciles y del verdugo, que para amenizarle el paseo se dedica a arrancarle trozos de carne con unas tenazas al rojo que su ayudante le va calentando en un infiernillo. A la derecha vemos el suplicio, con Schmidt partiendo las piernas del reo. Al parecer, en este caso el juez dictaminó que solo se le partieran las extremidades inferiores antes de proceder al golpe de gracia, que consistía en descargar la rueda sobre la caja torácica. Esto solía producir la muerte de forma inmediata, lo que evitaría al reo pasar varias horas encima de la rueda sintiendo como los grajos y los cuervos se ponían de grana y oro con su carne. 


Porque debemos saber que esta forma de suplicio no tenía una norma fija, quedando al arbitrio del juez si el verdugo debía romper las cuatro extremidades o solo dos, o bien si empezaba por las piernas, alargando con ello el suplicio, o bien debía descargar el primer golpe en la cabeza o el cuello, matando al reo y rompiéndole a continuación las extremidades a modo de escarmiento, pero con él ya muerto. De hecho, incluso las sentencias podían dictaminar el tiempo que debía transcurrir entre el suplicio y el golpe final, alargándolo o acortándolo en función de la gravedad del delito. Por citar un ejemplo, en Alemania, en 1718, un famoso ladrón llamado Jacob vio incluida en su sentencia que se debía esperar al menos media hora antes de finiquitarlo porque, ya en aquellos tiempos, era bastante habitual llevar a cabo el remate del condenado mediante la decapitación, procediendo luego a colocar su cuerpo sobre la rueda y la cabeza clavada en lo alto de todo tal como vemos en el grabado superior. En otros casos el juez podía ordenar que, antes de proceder al enrodado en sí, el verdugo le cortase la nariz, o lo castrase, o le aplicase hierros candentes o le arrancara la carne con tenazas.


Ejecución del ladrón y asesino Jasper Hanebuh en 1638 en
Hanover. Como se puede ver, en este caso el reo está sobre
la rueda mientra el verdugo lo golpea con la barra de hierro
Con el paso del tiempo, y posiblemente a causa del gran esfuerzo físico que debían efectuar los verdugos para manejar la pesada rueda, en algunos lugares como en Francia se cambió el procedimiento. A partir de ese momento, el reo sería inmovilizado sobre la rueda mientras que le verdugo rompería sus extremidades con una pesada barra de hierro si bien el resto del ritual no cambiaba para nada. No obstante, llegó un momento en que se consideró que se debía tener cierto grado de compasión con el reo sin eliminar por ello el efecto ejemplarizante. Esto dio lugar a lo que se denominaba RETENTVM, que consistía en estrangular al reo de forma discreta al poco de iniciar el suplicio. De ese modo, los asistentes podían corroborar que delinquir tenía unas consecuencias bastante desagradables mientras que el reo, tras soltar los primeros alaridos, era finiquitado, dando pie a pensar que igual ya no berreaba más por haber perdido el sentido a causa del dolor. El término RETENTVM proviene del latín aflojar o distender, en referencia a aliviar al reo de sus padecimientos. Esta costumbre fue tomando fuerza hasta el hecho de que en Bélgica, en 1776, se ordenó a los jueces de Bruselas que por sistema se efectuara el RETENTVM secretamente antes de comenzar el suplicio en base a que ese gesto caritativo no alentaba a los criminales ya que nadie se percataba de ello, mientras que a los ojos del pueblo la justicia seguía siendo implacable con los criminales.


Pero estas medidas de gracia no supusieron en modo alguno que se pretendiera abandonar este terrorífico suplicio ya que hasta hubo quien se molestó en inventar un artefacto destinado a sujetar a los reos durante todo el proceso. El chisme en cuestión podemos verlo a la izquierda, y era invento, como no, de un tedesco. Como se puede apreciar era un artefacto con forma de aspa en la que hay unos resaltes graduables para facilitar la rotura de los miembros, los cuales eran estirados con los pequeños tornos que se ven en cada extremo. Una vez inmovilizado el reo y de forma muy discreta, uno de los ayudantes del verdugo pasaba un cordel alrededor de su cuello e introducía los extremos por un orificio practicado en el suelo del patíbulo.


Ejecución de Matthias Klostermayr en Baviera el 6 de
septiembre de 1772. Este sujeto fue al parecer una especie
de Robin Hood a la alemana. El grabado muestra el instante
en que el verdugo descarga la rueda sobre su pecho si bien
al parecer ya había sido estrangulado previamente
De ese modo, una vez que el verdugo llevaba a cabo el cumplimiento de la sentencia conforme al dictamen del tribunal- número de golpes y tiempo que debía transcurrir entre unos y otros- a una señal del mismo su ayudante procedía a dar garrote al reo, tras lo cual, por si acaso, se le propinaban varios golpes más en el pecho y el abdomen. Una vez concluida la escabechina se procedía conforme a la costumbre ancestral de colocar los restos triturados del cadáver sobre la rueda para, finalmente, dejarla expuesta sobre un poste. En fin, así era grosso modo como se llevaba a cabo este tremendo suplicio hasta que, poco a poco, fue siendo abolido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX salvo el longevo caso de Prusia. 

Por último, mencionar que las féminas también podían ser condenadas a este suplicio aunque por los testimonios gráficos de la época pueda pensarse que el enrodamiento solo se aplicaba a los hombres. Un ejemplo lo tenemos en un crimen cometido en Holanda en 1746 en el que una mujer mató a una joven sirvienta y a su amante para culparlos de un robo cometido por ella misma. Tras el crimen descuartizó el cadáver de la sirvienta y fue echando los trozos por diferentes canales. Tras descubrirse el pastel la criminala fue enrodada y, por último, su cabeza, su mano derecha y sus piernas fueron cortadas, siendo todo colocado en lo alto de la rueda para escarmiento del personal.

En fin, ya me he enrollado bastante, así que me piro.

Hale,  he dicho


jueves, 16 de marzo de 2017

Algunas curiosidades curiosas sobre el origen de la Gestapo




El edificio de la foto corresponde a la sede de la Gestapo en
Berlín, ubicada en el número 8 de la calle Prinz Albrecht
Creo que, salvo los habitantes de la más profunda jungla amazónica, no debe haber mucha gente que no haya oído nombrar alguna vez a este siniestro cuerpo policial que, durante doce largos años, se labró fama de ser poco menos que un estado dentro del estado, a tanto llegó su poder. Todos hemos oído o leído cienes y cienes de veces datos sobre su implacable sadismo, su cruel arbitrariedad y su nula compasión contra todo aquel que fuera señalado como enemigo del estado, desde comunistas a católicos fervientes pasando por gitanos, homosexuales o simplemente tibios con el partido único liderado por el ex-cabo Hitler. Del mismo modo, se han formado una serie de estereotipos que, como suele pasar, tienen más de mito que de realidad, cuando no son incluso totalmente falsos. Así, la imagen que se ha propalado sobre este cuerpo policial es que estaba nutrido por unos ciudadanos con jeta de perro de presa vestidos con abrigo de cuero hasta en pleno verano, sombreros con amplias alas que proyectaban una tenebrosa sombra sobre sus caretos graníticos y, naturalmente, que andaban cortitos de entendederas, siendo meros autómatas dirigidos a distancia por la implacable mano de Reinhard Heydrich.

Miembros de la Gestapo en Francia a comienzos de 1945.
Como se puede ver, su aspecto no difiere mucho del de un
funcionario de correos o de cualquier profesional liberal
Sin embargo, la realidad era mucho más prosaica. Los funcionarios de la Gestapo eran, como la inmensa mayoría de los policías de paisano, sujetos que no se distinguían de cualquier otro ciudadano ya que, por razones obvias, sería absurdo llamar la atención ya que sus presas volarían nada más atisbar su presencia en las calles. Y de cortitos nada. Antes al contrario, muchos de sus miembros eran abogados o procedían de la policía de la república de Weimar, de modo que el personal de la Gestapo lo conformaban en su mayor parte funcionarios bastante competentes que, para colmo de males para sus víctimas, gozaban de una serie de privilegios tales como detener y enviar a un sospechoso a cualquier centro de internamiento sin tener que dar explicaciones a nadie, ni siquiera al mismísimo ministerio de Justicia, y hacerlos desaparecer sin que su familia pudiera hacer nada para impedirlo. De hecho, solo mostrar interés por tal o cual pariente o amigo que había sido engullido por la burocracia policial alemana era motivo suficiente para levantar sospechas entre los suspicaces funcionarios y ser invitado a dar explicaciones sobre sus deseos de obtener información acerca de un enemigo del estado.

El zar Alejandro III, creador de la Ojrana a
raíz del asesinato de su antecesor y padre,
el zar Alejandro II
Por otro lado, la Gestapo no fue ni mucho menos la primera ni la única policía política de su época. En primer lugar tenemos la Ojrana, creada en 1866 por el zar Alejandro III y que luego los comunistas trocaron por la GPU, luego renombrada como NKVD y posteriormente como KGB; la PVDE salazarista, luego reconvertida en la más conocida PIDE, o la OVRA fascista del inefable Mussolini, por no hablar de la BSI española durante los tiempos de la dictadura o la más moderna SAVAK creada por el último sha de Persia, se dedicaron durante décadas a mantener vigilado al personal, sobre todo a los que por algún motivo no se mostraban especialmente entusiasmados con el gobierno de su país. Pero, por otro lado, que nadie piense que las policías políticas son un invento ruso ya que, en realidad, tuvieron su origen unos años atrás y, precisamente, en un lander alemán (cómo no). Así pues, y ya que hay información sobrada sobre la Gestapo durante los años de la Segunda Guerra Mundial, dedicaremos esta entrada a dar cuenta del origen de este cuerpo policial ya que ese es un período mucho menos conocido. Hecho pues este introito, al grano pues:

Federico Guillermo IV
El siglo XIX trajo consigo multitud de cambios de todo tipo, desde tecnológicos a científicos pasando por sociales, políticos, etc. Estos últimos se manifestaron en forma de revoluciones que solían poner extremadamente nerviosos a los monarcas de la época que, inquietos ante la perspectiva de acabar como Luis XVI, tomaron la determinación en muchos casos de reprimir de forma más o menos violenta cualquier conato por parte de la población de cambiar el statu quo. De ahí surgió la necesidad de crear una fuerza policial dedicada exclusivamente a controlar los elementos subversivos sin tener que perder su tiempo en perseguir cacos, asesinos o violadores que podían ser tenidos a raya por la policía convencional. Era más que evidente que solo una policía dedicada en cuerpo y alma a las labores de investigación, infiltración e intoxicación y provista de abundantes medios tanto humanos como económicos podía hacer frente a una empresa semejante, y más si tenemos en cuenta que lo que estaba en juego era la estabilidad de la nación.

Karl Ludwig Friedrich von Hinckeldey
La revolución de 1848 supuso un enorme revulsivo en Europa y concretamente en Alemania, donde Prusia se acabó convirtiendo en el reino más poderoso tras la unificación con otros territorios que, mirando un mapa de la época, redujo los estados alemanes a solo dos: la citada Prusia y Baviera, cuya capital era Munich. Los rescoldos de la revolución dejaron bien claro al rey Federico Guillermo IV que era vital para su gobierno controlar y, mejor aún, liquidar cualquier conato de rebelión llevada a cabo contra el estado por elementos subversivos que podrían encontrar eco entre la población. Así pues, el 18 de noviembre de 1848 se constituyó una policía secreta dirigida por Karl von Hinckeldey, un aristócrata que contaba con la protección personal del monarca y que, todo hay que decirlo, se ganó gran cantidad de enemigos durante el ejercicio de su cargo como Generalpolizeidirektor de la Preußische Geheimepolizei (Policía Secreta Prusiana), también conocida por sus siglas PGP. Los poderes que Federico Guillermo otorgó a von Hinckeldey superaban a todo lo visto hasta el momento en una fuerza policial ya que no debía dar cuenta ni siquiera al ministro del Interior o al de Justicia, por lo que su poder estaba en la práctica solo bajo el del mismo monarca. Sin embargo, la gran cantidad de enemigos que se buscó durante el ejercicio de su cargo le supuso verse cesado el 10 de marzo de 1856 a raíz de un duelo a pistola contra Hans von Rochow, el cual le endilgó un balazo que lo dejó seco sin más historias.

Grabado que muestra el Proceso de Colonia
No obstante, la labor llevada a cabo por von Hinckeldey fue muy notable ya que no solo creo una fuerza muy capacitada que llegó incluso a infiltrar topos en las cerradas organizaciones comunistas y anarquistas de la época, sino incluso a establecer una eficiente red de contraespionaje que logró contrarrestar las constantes conspiraciones urdidas por los gobiernos de Francia e Inglaterra contra Prusia, que ya en aquellos tiempos andaban a la greña hasta que la Gran Guerra dejó de lado las dobleces y los miramientos para darse estopa tras décadas de disimulo. Pero este tipo de misiones no era posible de llevar a cabo rigiéndose por caballerescos principios morales y éticos, así que von Hinckeldey no dudó en aplicar los métodos más expeditivos para salirse con la suya, desde fabricación de pruebas falsas a detenciones e interrogatorios arbitrarios que iban más allá de lo legalmente permitido. Uno de sus mayores logros fue el desmantelamiento de la Liga Comunista de Prusia, lo que se llevó a cabo en Colonia en 1852, tras un proceso en el que veinte miembros de la liga fueron acusados de traición, eso sí, gracias a mogollón de pruebas y testigos previamente preparados. En todo caso, la cuestión es que se libraron de la amenaza comunista y la policía secreta ganó mucho prestigio gracias al citado proceso.

Los grupos paramilitares armados hasta los dientes eran uno
de los principales objetivos a batir por la policía política
durante la turbulenta República de Weimar
Con el paso del tiempo, los diferentes gobiernos de Alemania mantuvieron activa la añeja policía secreta prusiana, solo que cambiando los objetivos a batir en función de las circunstancias políticas del momento. Al cabo, los políticos se dan muchos golpes de pecho clamando por los elevados principios de la democracia y tal, pero siempre es necesario recurrir a las cloacas del estado cuando hay que quitar de en medio a alguna mosca cojonera que hace tambalearse al gobierno de turno. Así, tras la Gran Guerra y la abdicación del káiser Guillermo que puso fin a la monarquía germánica, la República de Weimar siguió manteniendo operativa la policía secreta si bien entonces para perseguir a los grupos radicales de extrema derecha y extrema izquierda, los belicosos miembros de los freikorps y a un pequeño partido originario de Baviera que, aunque con pocos miembros, incordiaban bastante. Dicho partido, nacido como Deutsche Arbeiter Partei, el Partido Obrero Alemán, se había mutado en el NSDAP, el Partido Obrero Alemán Nacional Socialista, dirigido por un ex-cabo del ejército imperial que daría mucho que hablar de allí en adelante. En aquella época, hacia 1925, la antigua Preußische Geheimepolizei fue rebautizada como División I A, quedando bajo el control de la policía del estado y el ministerio del Interior. Hasta el advenimiento del partido nazi al poder en enero de 1933, su misión fue más de investigación e infiltración a fin de anticiparse a los movimientos de los aguerridos partidos radicales de la época, especialmente los nazis.

A raíz de la ascensión al poder de Hitler, este nombró ministro del Interior de Prusia al inefable Hermann Göring, lo que le permitió tomar el control de la División I A. En febrero de aquel mismo año se llevó a cabo la depuración de rigor ya que, como podemos suponer, muchos de sus miembros no estaban especialmente contentos con la llegada al poder de los nazis a los que habían perseguido durante años. Así pues, tras mandar a su casa o al trullo a 1.457 funcionarios de dudosa fidelidad política, Göring encargó la reestructuración del cuerpo a un joven abogado de 33 años por nombre Rudolf Diels que, además de ser un nazi convencido y un putañero redomado, acabó convirtiéndose en su pariente tras casarse con Ilse, la viuda de su hermano menor Karl Göring, que había palmado en Hannover en octubre de 1934 con apenas 47 años. En la foto de la izquierda podemos ver a nuestro hombre en plan heroico durante los primeros tiempos del partido. En el cuello luce la Orden Pour Le Mérite ganada durante la Gran Guerra como piloto de caza con 22 derribos confirmados.

Rudolf Diels. Las numerosas cicatrices que luce
en la jeta las obtuvo, como tantos otros nazis de
aquellos tiempos, por los duelos a espada de
su época estudiantil
Diels era en realidad un trepa de tomo y lomo. De hecho, en los últimos tiempos de la República de Weimar era él mismo el que dirigía la División I A, pero precisamente por su conocimiento de los entresijos de la misma Göring no dudó en mantenerlo al frente de la organización ya que, como prueba de buena fe, le hizo entrega de todos los expedientes secretos en los que aparecía información de todo tipo sobre los jerarcas nazis incluyendo al flamante ministro del Interior. El personal depurado fue sustituido por miembros de las SS y las SA, y la sede de la nueva División se ubicó en un antiguo centro cultural situado en el número 8 de la calle Prinz Albrecht, pasando a ser el lugar más temido de toda Alemania porque entrar en él no garantizaba en modo alguno salir. Además se recuperaron unas antiguas instalaciones ferroviarias situadas en Papestraße que se emplearon como centro de detención de las SA y donde se llevaban a cabo los brutales interrogatorios que tan siniestra fama dieron a esta organización. En su meticulosidad germánica, tras mantener retenido a un ciudadano durante días, semanas o meses durante los que recibía un trato muy desagradable sin posibilidad de ejercer ningún tipo de derecho civil, obligaban a los que tenían la suerte de ser liberados a firmar una especie de cláusula de confidencialidad por la que juraban no decir nada de lo padecido, visto y oído durante su detención. De faltar a su palabra las consecuencias ya podemos imaginar como serían.

La prisión de Papestraße en la actualidad. En su interior se
han conservado los calabozos y se ha creado un museo
que muestra a público como las gastaban estos personajes
Tras la reorganización llevada a cabo por el eficiente Diels, el 26 de abril de 1933 fue creada oficialmente la nueva policía política bajo la denominación de Geheime Polizeiamt, Oficina de la Policía Secreta, cuyas siglas, GPA, fueron rápidamente desechada por su similitud con las de la GPU soviética. Así pues, adoptaron el de Geheime Staatpolizeiamt, cuyo acrónimo, Gestapa, quedaba como más molón y menos bolchevique.  Al parecer, el nombre fue idea de un funcionario de correos que estaba diseñando un sello para la nueva organización. Finalmente se suprimió el término amt (oficina) y se quedó en el Geheime Staatpolizei o Gestapo que todos conocemos. Por cierto que la recién nacida Gestapo aún no tenía jurisdicción en toda Alemania ya que, de momento, su poder estaba limitado a Prusia. En Baviera, donde Himmler había sido nombrado Polizeipräsident en marzo de aquel mismo año de 1933, el jefe de las SS quiso crear una policía política similar que puso al mando de Heydrich, su mano derecha y jefe del SD. Esta unidad, denominada como Bayerische Politische Polizei o Bay-Popo, tuvo el dudoso honor de ser la que fundó el tristemente famoso campo de concentración de Dachau,  cerca de Munich.

Wilhelm Frick. Acabó ahorcado en
Nuremberg por criminal de guerra
En fin, así es como surgió la temible Gestapo. No pasó mucho tiempo hasta que su poder se extendió por todo el territorio alemán, pero eso ya es otra historia. Hoy tocaba solo narrar como fue creada esta institución cuyo nombre, por cierto y para los que lo desconozcan, debemos pronunciar como "guestapo" y no como "jestapo", que es como muchos suelen llamarla porque es como suena en español. Como colofón, añadir que en 1934 obtuvo un status jurídico que convertía a esta organización en un ente aparte que solo debía dar cuenta de sus actos a un ámbito superior a la misma Gestapo, o sea, que solo Heydrich, Himmler o el mismo Hitler eran los únicos que estaban por encima de ellos a pesar de las protestas y los continuos intentos que Wilhelm Frick, ministro del Interior del Reich, hizo por limitar su enorme poder.



Algunas curiosidades de regalo:

Schacht fue uno de los tres jerarcas
nazis absueltos en Nuremberg
1. El sueño dorado de la Gestapo era tener fichados absolutamente a todos los ciudadanos del Reich, o sea, disponer de información personal de todo tipo, especialmente de naturaleza política como es lógico. Para ello se valían de medios propios de película de espías ya que introducían en las familias que querían investigar personal de servicio que en realidad eran miembros de la Gestapo, o colocaban micrófonos presentándose como empleados de la compañía telefónica. Aunque fuesen personas cuya lealtad estuviera por encima de todo comentario, si eran importantes se convertían en motivo de investigación "por si acaso". Por ejemplo, el mismo Hjalmar Schatch, ministro de Economía del Reich entre 1934 y 1937, descubrió un micrófono colocado en su despacho por una de sus criadas que era agente de la Gestapo. La puñetera grababa todas las conversaciones que tenían lugar cuando el ministro recibía visitas.


El SS Gruppenführer Heinrich Müller. Se le
dio por muerto en los últimos días de la
guerra, pero jamás se pudo comprobar
2. No existe en el planeta una burocracia más minuciosa y compleja que la que pueda desarrollar un alemán, así que en 1939 trasladaron el papeleo al 116 de la Kurfürstraße, donde instalaron un sistema de archivo que contenía más de millón y medio de fichas. La información se movía por dentro del edificio mediante correo neumático, así que estaban a la última. Este sofisticado método fue ideado por Heinrich Müller, jefe de la organización desde 1939 hasta el final de la guerra.

3. En el archivo de la sede de la Prinz Albrechtstraße se instaló un archivo circular con capacidad para medio millón de fichas. Este archivo estaba destinado a contener los datos de personas de cierta relevancia, y gracias a su motor eléctrico podía ser manejado por un solo funcionario que obtenía en un periquete la ficha solicitada

4. Cada ficha estaba marcada por una banda en el lado izquierdo que, según el color, pertenecía a una categoría determinada. Los señalados con una banda roja eran los integrados en la categoría A1, que eran los que debían ser detenidos sin pérdida de tiempo en caso de movilización general. Los que estaban marcados con una banda azul eran de la A2, que serían detenidos cuando se anunciase oficialmente la movilización y, finalmente, los que tenían en su ficha una banda verde, los A3, eran sujetos que aunque no se les consideraba especialmente peligrosos podían ser objeto de vigilancia en caso de verse el estado bajo alguna circunstancia crítica. A la derecha de cada ficha también había otra banda, en este caso para señalar si era comunista, terrorista o alguien especialmente agresivo o peligroso.

El competente personal del Salón Kitty
5. Heydrich creó el Salón Kitty, un famoso putiferio en el que funcionarias especialmente hermosas se ponían a disposición de su selecta clientela formada por diplomáticos, políticos y militares a los que aquellas valquirias no tenían problemas para sonsacarles información de todo tipo. El Salón Kitty estaba atiborrado de micrófonos hábilmente disimulados en su elegante decoración que, naturalmente, proporcionaban una suculenta información que pasaba inmediatamente a nutrir los expedientes del personal.

6. La Gestapo, que oficialmente era uno más de los departamentos del RSHA, estaba a su vez compuesta por seis secciones subdivididas a su vez  por una serie de departamentos que lo controlaban absolutamente to-do, desde la emisión de pasaportes y tarjetas de identidad al control del espionaje, el sabotaje, la previsión de atentados, la prensa, las confesiones religiosas, los extranjeros o las cuestiones económicas de la organización. En total, nada menos que 28 departamentos. La complejidad de la maquinaria policial nazi, que además de la Gestapo incluía la Kripo, la Sipo, la Orpo, el SD, etc., era de tal envergadura que durante los juicios de Nuremberg ni siquiera miembros de la jerarquía de las SS fueron capaces de poner al corriente al tribunal de toda aquella telaraña de negociados, oficinas, secciones y departamentos.

Bueno, vale por hoy. Es hora de rellenar el buche con algo razonablemente consistente.

Hale, he dicho

lunes, 13 de marzo de 2017

Origen y evolución de la llave de chispa 2ª parte


No se trata de una maniobra de ocultación para camuflar las tropas tras una nube, sino el resultado de una descarga de
mosquetes provistos de llaves de chispa

Dejamos la entrada anterior con los detalles concernientes a la llave de patilla española que, junto a las snaphance, vieron la luz durante el último cuarto del siglo XVI. Así pues, prosigamos.

Mosquete con una llave doglock
Mientras que las llaves españolas seguían su evolución, las snaphance se encontraron con el inconveniente, según se comentó, de carecer de una posición de seguro, lo que requería de una atención constante para no soltar un balazo a quién no se debía. Por ello, en los países donde más proliferó este mecanismo se hizo necesario desarrollar un nuevo tipo de llave que incluyese algún dispositivo que permitiera el manejo del arma sin riesgos. Así surgió a lo largo del primer cuarto del siglo XVII la doglock, la cual tuvo especial difusión en Inglaterra y Holanda, donde se mantuvo operativa durante unos cien años hasta su sustitución por las llaves Le Bourgeoys.

Esta denominación de doglock, que traduciríamos literalmente como llave de perro, debemos buscarla en el pequeño retén que, situado en la parte trasera de la llave, trababa el martillo o pie de gato en la muesca que llevaba practicada para tal fin. Para los british un dog era, además de un chucho, una pieza que oscilaba o pivotaba impulsada por un resorte, en este caso el retén en cuestión. Sin embargo, la traducción al español de dog en su acepción de can no debe prestarse a confusiones ya que, en nuestro idioma, can es sinónimo de gatillo, o sea, la cola del disparador. Aclarado este punto, debemos señalar que este tipo de llave solucionaba el problema del seguro mediante el citado dog que, al engancharse en el pie de gato, lo bloqueaba y le impedía que se produjese un disparo accidental. Cuando llegaba la hora de abrir fuego bastaba amartillar el arma, desenganchándose el retén de forma automática y quedando el arma lista para abrir fuego. Esta llave había adoptado también el tipo de rastrillo de la llave española que, según comentamos, aunaba en una sola pieza dicho rastrillo y la tapa del fogón. La secuencia de disparo podemos verla en el gráfico de la izquierda. La figura A muestra la llave en posición de seguro con el retén bloqueando el pie de gato y el rastrillo abierto para proceder al cebado del arma. En la figura B se ve el paso siguiente, que sería el arma amartillada con el retén ya suelto tras oscilar hacia atrás. El rastrillo ha sido cerrado, tapando el cebo. Las figuras C y D permiten ver el proceso de disparo dividido en dos tiempos: en C tenemos la piedra golpeando el rastrillo y sacando chispas del mismo, mientra que en D el rastrillo ha oscilado hacia adelante abriendo la tapa del fogón y permitiendo que el cebo se inflame, produciéndose el disparo. En sí, la doglock estaba bien concebida y era bastante segura, teniendo como único inconveniente el tener que volver a colocar el retén en posición vertical antes de semi-amartillar el arma. 

Llave Le Bourgeoys fabricada por el arsenal de La Torre
de Londres. En el fogón se puede apreciar el minúsculo
orificio del oído que lo comunicaba con la recámara
Al mismo tiempo que las doglocks se difundían por toda la Inglaterra y Holanda (Dios maldiga a Orange), los gabachos también desarrollaron su propia llave que, como anticipamos, fue la que con el paso del tiempo acabó imponiéndose en Europa. El creador de la misma fue Marin le Bourgeoys (1550-1634), un prolífico ciudadano natural de la Normandía que medró largamente al servicio de los reyes de Francia gracias a sus aptitudes como inventor, armero y luthier, lo que le permitió establecerse en la corte como valet de chambre a partir de 1598. Hacia 1610 desarrolló un tipo de llave de chispa cuyos mecanismos funcionaban de forma similar a los de la llave española, pero con una diferencia notable: todas las piezas salvo el muelle del rastrillo estaban en el interior y, quizás lo más importante, contenía la nuez, una pieza conectada al pie de gato que tenía dos muescas, una de seguro y la otra para amartillarlo, lo que convertía el diseño de esta llave en el más racional de todas las inventadas hasta aquel momento. 

En el gráfico podemos ver los mecanismos en cuestión. La pieza A es el muelle real que impulsa el pie de gato. La B es la nuez, en la que se aprecian las dos muescas. La del gráfico está en posición de disparo, que es la situada más atrás. La pieza C es el fiador que bloquea la nuez y que es accionado por la leva del disparador. Finalmente, la pieza D es el muelle del fiador, el cual lo empuja hacia arriba. Las flechas señalan la dirección en que actúa cada una de las piezas señaladas. Como se ve, se trata de un mecanismo bastante simple pero al mismo tiempo muy eficaz, lo que no solo facilitaba su uso sin complicaciones sino que, muy importante, permitía la fabricación en masa, un tema de gran relevancia en una época en que toda la Europa no conoció un instante de paz hasta la tregua que supuso derrotar al enano corso y enviarlo al carajo para siempre en la árida isla de Santa Elena. 

La secuencia de disparo era similar a la que vimos en la llave española. En la figura A tenemos el pie de gato amartillado tras haber cebado el fogón. Según podemos observar, la tapa del rastrillo lo cubre por completo. La figura B representa la primera fase del disparo tras haber apretado el gatillo: la piedra acaba de golpear al rastrillo sacando chispas del mismo. A medida que el pie de gato desciende gracias a la enorme potencia del muelle real el rastrillo pivota hacia adelante, abriéndose la tapa que cubre el fogón. En la figura C la tapa está casi abierta, y las chispas han inflamado el cebo. Finalmente, la figura D nos muestra el pie de gato ya detenido, el rastrillo en su posición más avanzada y el cebo ardiendo y comunicando el fuego con la carga depositada en la recámara del cañón. No obstante, que nadie se engañe. Este proceso aparentemente rápido y limpio solía fallar muchas más veces de lo deseable, y eso era una tónica común en cualquiera de los tipos de llave de chispa que hemos presentado.

La cruda realidad era que, a pesar del gran avance que suponía la llave de chispa a nivel mecánico y tecnológico, los fallos de ignición eran habituales. De entrada, la piedra debía estar perfectamente tallada y colocada en la mordaza de forma que tocara el rastrillo, pero no tanto como para trabarlo. Además, el muelle real debía tener la potencia justa, ni demasiado duro ni demasiado flojo ya que, de no ser así, o bien rompería la piedra o no sacaría ni una chispa, por lo que el disparo resultaría fallido. Por ello, las tropas debían revisar constantemente el buen estado de la piedra, así como su correcta colocación ya que un fallo de ignición en una jornada de caza solo podría suponer perder la res, pero, en combate, podría significar la muerte. Por todo ello, además de poner buen cuidado en el mantenimiento de la piedra, cada soldado llevaba consigo varias de repuesto, siendo las mejores las de ágata que, por lo visto, sacan más chispas. A esta serie de detalles debemos añadir que, del mismo modo que había que vigilar el buen estado de la piedra, había que hacer lo propio con el rastrillo. Un desgaste excesivo se traduciría en fallos, por lo que habría que enviar la llave al armero para que sustituyese la pieza por otra nueva.

Despieece de la llave a la francesa empleada en España durante
el último cuarto del siglo XVIII. Este tipo de llave convivió con
la llave española durante bastante tiempo
Pero había ocasiones en que estos fallos no se producían por una mala combustión del cebo, sino porque el oído del cañón estaba tan sucio que no dejaba llegar el fuego a la recámara. Ya sabemos que la pólvora negra deja al arder grandes cantidades de residuos que podían obstruir sin problemas el mínimo orificio del oído al cabo de pocos disparos. De ahí que se tuviese la norma de introducir por dicho oído una aguja para despejarlo. Pero en plena acción eso era imposible de llevar a cabo, por lo que tras una decena de disparos o incluso menos el fuego del cebo podría ser inútil. Sin embargo, los disparos fallidos en plena acción no eran detectados en mucha ocasiones debido a la tensión del momento. El soldado veía el fogonazo ante su cara y daba por sentado que se había producido el disparo aunque ni siquiera recordase no haber sentido el tremendo culatazo que propinaban estos mosquetes, por lo que, siguiendo las órdenes de sus oficiales, se limitaban a recargar a toda velocidad, superponiendo la nueva carga a la anterior que aún reposaba en el interior del cañón y que, debido a la mugre que taponaba el oído, tampoco saldría. Por ello, no era raro que tras una batalla se encontrasen mosquetes con varias cargas superpuestas.

Llave fabricada en el arsenal de La Torre de Londres. Estas
llaves junto a las manufacturadas en Madrid eran las de
mejor calidad a principios del siglo XIX
No obstante, como en todas las cosas referentes a las armas, la calidad del producto era lo que marcaba la diferencia entre una buena llave o un desastre total, de modo que los resultados a la hora de emplear las de una u otra procedencia podían ser absolutamente dispares hasta el extremo de que una llave de buena calidad podía disparar cien veces sin fallar una sola vez, mientras que una mala podía fallar una docena de veces. Para hacernos una idea, la llave era la segunda pieza más cara de un fusil, solo un poco por debajo del cañón, así que no era este un tema para tomarlo a la ligera. Por poner un ejemplo, el cañón de un fusil español modelo 1815 costaba 40 reales y 14 maravedises mientras que su llave salía por 39 reales y 25 maravedises y medio, o sea, casi lo mismo. Solo la mano de obra para fabricar el fusil era de unos 36 reales, así que estaban bien pagados los que se dedicaban a ese oficio.

Llave de patilla modificada para pistón
En fin, así nacieron y evolucionaron las llaves de chispa. A mediados del siglo XIX se generalizó el uso de la llave de pistón, que básicamente era la misma cosa pero, en ese caso, golpeando una cápsula fulminante en vez de un rastrillo. De hecho, para no desaprovechar los miles de llaves que había en los parques de artillería se reformaron, eliminando el fogón y el rastrillo y sustituyendo el pie de gato con la mordaza o quijada por otro adecuado para golpear el pistón. Con todo, no faltaron los amantes de las tradiciones que siguieron empleando sus armas de chispa para actividades venatorias y, por supuesto, para batirse en duelo, que para eso habían heredado las pistolas del abuelo que tantas veces sirvieron para lavar el honor familiar.

En fin, ya está.

Hale, he dicho

domingo, 12 de marzo de 2017

Origen y evolución de la llave de chispa 1ª parte



Llave tipo Le Bourgeoys fabricada en Londres hacia 1820
por Tatham e hijos.
A lo largo de tropocientas entradas hemos mencionado las llaves de chispa así como sus diversas partes- rastrillo, batería o fogón, mordaza, etc.-, sin habernos detenido en concretar como funcionaban. Cierto es que es un sistema de ignición tan visto en el cine que cualquiera sabe más o menos de qué va la cosa, pero como también es posible que también haya muchos que, aunque las conozcan, no tengan ni idea de su origen y su funcionamiento, pues colijo que no estaría de más detenernos a estudiarlas un poco más a fondo. Además, al hilo de la entrada anterior sobre los primeros francotiradores, creo que antes de proseguir con ese tema no está de más conocer un poco más a fondo los entresijos de estas llaves ya que estuvieron vigentes hasta, aproximadamente, mediados del siglo XIX. Por otro lado y a modo de aclaración inicial conviene señalar un detalle importante antes de entrar a fondo en el tema que nos ocupa: cuando se habla de llaves de chispa todo el mundo suele asimilar el término a la llave inventada por el gabacho Le Bourgeoys, pero la realidad es que las primeras llaves de chispa fueron anteriores y, además, hubo otros modelos que gozaron en su momento de tanta o más aceptación que la gabacha si bien esta acabó ganando mayor popularidad. Dicho esto, vamos al grano.

Herreruelo soltando un pistoletazo en plena jeta
a un enemigo. Cuando se agotaba la munición
siempre podían usarse las pistolas como mazas
Aunque no es una tema que haya transcendido demasiado, las llaves de chispa surgieron a causa de los problemas para recargar que tenían los reitres y herreruelos para recargar sus pistolas. Como ya se ha mencionado en varias ocasiones, las llaves de rueda fueron precisamente la solución que se les presentó para sustituir las aún más engorrosas llaves de mecha, prácticamente imposibles de manipular montado en un caballo y en plena acción. Cebar, encender la mecha y colocarla en el serpentín era misión imposible en plena carga, así que había que idear algo que, al menos, permitiera llevar las armas cargadas y a punto para abrir fuego sin necesidad de otra cosa que no fuera desenfundarla y apretar el gatillo. Pero la llave de rueda raramente permitía recargar el arma en acción precisamente por su complicada manipulación para un hombre a caballo, así que los cerebros pensantes de la época empezaron a devanar sus magines para asacar algo que no solo facilitara la recarga, sino incluso que permitiera manejar las armas de fuego en condiciones meteorológicas adversas- léase tiempo húmedo- sin verse en el grave dilema de que el arma no disparaba por tener la pólvora mojada.

Fotograma de la conocida película "Alatriste" en la que aparece uno de los
colegas del protagonista acechando al enemigo con un arcabuz de mecha
mientras que llueve a cántaros. Disparar un arma así en esas condiciones
era imposible
Porque el clima, aunque por lo general se suele obviar cuando se tratan estos temas, tenía una importancia crucial. ¿Qué pasaba cuándo llovía? ¿De qué forma se disparaba un arma provista de una llave de mecha cuando caían chuzos? Pues era complicadillo ya que, aunque el arma podía estar previamente cebada y, con la protección adecuada, mantener la pólvora seca, cuando se abría la batería para disparar daba tiempo de sobra para que esta se mojase, imposibilitando por completo abrir fuego. Así pues, hacía falta un mecanismo que no solo permitiera tener el arma a punto en todo momento, sino que además preservara el cebado aunque el tiempo no fuese el más adecuado para salir al campo a batallar. Otro inconveniente añadido era el hecho de que por las noches las mechas eran obviamente muy visibles, delatando la presencia de los centinelas o los hombres que formaban parte de una encamisada y se infiltraban en las líneas enemigas para escabechar herejes y enviarlos al infierno reservado a los luteranos. 

Pero, como hemos dicho, la llave de rueda no acabó de solucionar el problema. Aunque eliminaba los inconvenientes de la mecha, el cebado era susceptible de estropearse en determinadas circunstancias y, sobre todo, su sistema de carga no era precisamente el más adecuado para un hombre a caballo, como ya se ha dicho en varias ocasiones. En las fotos vemos dos tipos de llave usadas para tensar el muelle que hacía girar el frictor y que, como podemos imaginar, eran asaz complicadas de manipular cuando uno se veía encaramado en un penco asustado por el fragor de la batalla, con decenas de afiladas moharras de las picas enemigas delante del careto y una manga de arcabuceros calando las cuerdas para enviarlo a hacer puñetas al otro mundo con el pecho lleno de boquetes. De ahí, como ya se explicó en su momento, que la caballería se viera obligaba a portar varias pistolas, seis en algunos casos, para poder efectuar varios disparos mientras tenía lugar la caracola para, finalmente, meter mano a la espada si la ocasión era propicia y la carga había aligerado de personal el cuadro enemigo de forma que se pudiera intentar rematar la faena dispersándolos a estocadas.

Arcabuz de rueda procedente de la armería del emperador Leopoldo I.
El arma está datada hacia finales del siglo XVII
Bien, esas eran grosso modo las causas que llevaron a crear la llave de chispa, cuyo origen en más remoto de lo que se suele pensar. De hecho, la mayoría da por sentado que se trata de un invento surgido durante el siglo XVIII, pero la realidad es que debemos remontarnos al último cuarto del XVI para tener las referencias más antiguas acerca de este mecanismo. No obstante, las llaves de rueda no desaparecieron por completo. Antes al contrario, muchos armeros, especialmente centroeuropeos, siguieron fabricando armas provistas de este mecanismo destinadas a la caza. Hablamos de lujosos ejemplares que solo estaban al alcance de unos pocos privilegiados con los medios económicos para pagarlas , o sea, los monarcas y la nobleza.

Pistola con llave snaphance
Pero para que los monarcas pudieran seguir costeando las guerras que les permitían mantener sus reinos con los suficientes habitantes como para cobrarles impuestos con que adquirir buenas armas para el noble ejercicio de la caza hacía falta un mecanismo más eficiente que las engorrosas llaves de rueda. Así surgió a mediados del siglo XVI la llave de chispa. No se sabe con exactitud la fecha exacta, ni siquiera quién fue el inventor. Las referencias más antiguas se remontan al año 1570, lo que no quiere decir que se creasen ese año, sino que la cosa bien podría venir de un poco antes. Y a falta del nombre del que la ideó, al menos es posible situarlas en el mapa gracias al nombre con que han llegado a nuestros días: snaphance. Este palabro de origen holandés no implica que fuese originaria de ese país ya que muchos estudiosos señalan los estados alemanes pero, en todo caso, es casi seguro que surgieron en algún taller de los dominios del glorioso césar Carlos.

Al parecer, snaphance es un término compuesto que vendía a hacer referencia al picoteo de un gallo por su similitud a la caída de la patilla sobre el rastrillo, algo así como el gallo que te pilla y te endilga un picotazo fastuoso. La cosa es que, picotazos de gallináceas aparte, esta llave tenía una pieza que era donde estaba la clave que permitía usar el arma en cualquier circunstancia sin verse delatado por el tenue fulgor de una mecha o tirado ante el enemigo porque la pólvora se había mojado con el relente matinal. La pieza en cuestión es la que señala la flecha. Se trata de una tapa deslizable que permite cubrir la pólvora tras el cebado y preservarla en el fogón sin mojarse o sin que se derrame. Cuando se aprieta el gatillo, la piedra golpeará el rastrillo el cual, aprovechando su movimiento hacia adelante, deslizará dicha tapa permitiendo que las chispas alcancen el cebo y produciéndose el disparo. En la imagen inferior vemos la llave con la tapa abierta, dejando claro cual sería el proceso.

Pero si alguno no lo ve claro echemos un vistazo el gráfico de la derecha. La figura A nos muestra la llave en posición de disparo. Está amartillada, el fogón ha sido cebado y cubierto por la tapa, y el rastrillo está abatido. La figura B presenta el momento en que la piedra, tras golpear el rastrillo y abrirse la tapa, prende el cebo que, al inflamarse, prenderá la carga a través del oído del cañón y se producirá el disparo. La pieza transparentada no es más que la parte externa del fogón, la cual hemos rebajado en opacidad para que se vea el proceso claramente. Sin embargo, la snaphance tenía un grave defecto en origen que fue el causante de no pocos accidentes graves. Dicho defecto consistía en que, una vez cebado el fogón, el arma quedaba amartillada y lista para abrir fuego, lo que podía ocurrir de forma inopinada en cualquier momento a causa de un golpe, una mala manipulación o, simplemente, porque casualmente acariciamos el gatillo justo en el instante en que nuestro cuñado más gorrón se dirigía a nosotros para darnos el enésimo sablazo. Resulta que el genial invento carecía de cualquier tipo de mecanismo de seguro, así que se produjeron infinidad de disparos accidentales con consecuencias de todo tipo antes de que se dieran cuenta de que, o arreglaban aquello, o las snaphance acabarían ganando las batallas por el enemigo. No obstante, que nadie piense que este tipo de mecanismo pasó a la historia en poco tiempo ya que permaneció en activo hasta mediados del siglo XVII. Debemos tener en cuenta que la sustitución de las antiguas armas de mecha no se llevaba a cabo con la celeridad con que actualmente se introduce un modelo nuevo de arma. No obstante y como prueba de longevidad, la snaphance era la llave que montaban las espingardas marroquíes hasta prácticamente nuestros días

Pistola con llave de patilla
Pero mientras que los probos ciudadanos centroeuropeos se pegaban tiros sin querer unos a otros, en España había surgido muy poco tiempo después una llave en la que el problema de la snaphance era inexistente. Hablamos de la conocida como llave española o de patilla, también denominada de miguelete si bien este término no fue propalado por los españoles sino por los british (Dios maldiga a Nelson) cuando vinieron a España a ayudar a derrotar a las hordas de violadores de monjas, de profanadores de iglesias y de saqueadores de tumbas del enano corso y, de paso, a volarnos mogollón de fortificaciones que podrían chinchar a los portugueses, sus aliados naturales, y a su colonia de gibraltareña con la excusa de que podrían ser usadas por los gabachos. Lo de miguelete proviene de un tipo de milicia creada en 1640 que usaban armas provistas de este tipo de llave, concretamente el mosquete modelo 1789. Estas tropas fueron agregadas al ejército de Wellington, lo que hizo que el nombre de esta milicia sirviera para designar el tipo de llave de sus armas.

Llave española o de patilla
La llave de patilla surgió hacia 1580 aproximadamente. Se suele atribuir la idea a Simón Marcuarte, también conocido como Simón de Hoces el Viejo (su marca de fábrica eran dos hoces), que fue arcabucero real durante los reinados de Felipe II y Felipe III. En sí, el concepto de la llave española era similar al de la snaphance, pero con tres diferencias notables, a saber: el fogón no lo cubría una tapa deslizable accionada por el rastrillo, sino que ambas piezas se había unido en una sola de forma que al cebar el arma y abatir el rastrillo quedaba tapado el fogón. Por otro lado, el muelle real se encontraba en la parte externa de la llave, lo que permitiría su sustitución sin necesidad de desmontarla del arma. Por último, lo más importante: el martillo tenía en su parte inferior un saliente o patilla (de ahí su nombre) sobre el que actuaba el gatillo mediante dos uñas que emergía de dentro de la pletina con dos posiciones: la más alta que servía para amartillar el arma, y otra situada debajo para la posición de seguro. Esto permitía portar el arma cebada sin temor a volarle los sesos al sargento o, peor aún, pegarse un tiro en un pie, cosa esta que es muy desagradable y duele horrores.

Detalle del famoso retrato de Felipe IV cazador realizado
por el inmortal Velázquez en 1636 en el que se aprecia la
llave de patilla que monta el mosquete del monarca
En un alarde imaginativo, el rastrillo de estas llaves tenían la cara donde golpeaba la piedra formada por una lámina de acero o hierro cementado soldada o remachada a la pieza a fin de poder ser sustituida con facilidad debido al gran desgaste que sufrían. De hecho, en muchos casos incluso la ensamblaban mediante una cola de milano para hacer aún más cómodo el proceso de recambio. La llave española era además muy sólida y fiable, por lo que se extendió por la ribera mediterránea hasta Turquía y Rusia. Así pues, como vemos, la llave española no solo se anticipó a la francesa, sino que gozó de una gran difusión durante siglos. Pero como aquí somos tontos del culo y solemos despreciar lo propio en favor de lo ajeno y, además, todo lo gabacho se puso muy de moda en Europa a raíz del comienzo de la decadencia del imperio español y la pujanza de Luis XIV, pues poco a poco fuimos dejando de lado nuestra robusta y fiable llave de patilla en favor de la ideada por Marin Le Bourgeoys.

Pero de como sigue la historia ya hablaremos en la siguiente entrada, que por hoy ya me he enrollado bastante. 

Hale, he dicho

La continuación de esta entrada pinchando aquí.