domingo, 24 de septiembre de 2017

Los elefantes de guerra de Cartago




Indudablemente, si por algo son conocidos los cartagineses es por dos cosas: una, por la pertinaz obstinación de Aníbal a la hora de cruzar los Alpes en 218 a.C., y la otra por el extenso uso que hicieron de elefantes de guerra. Hay mogollón de representaciones artísticas que nos muestran el evento si bien de forma bastante anacrónica y con más errores que la declaración de la renta de un rico terrateniente, pero al menos han servido para que a nadie se le olvide el protagonismo que tuvieron estos regios animalitos en las guerras de la época. Sin embargo, salvo algún que otro cuñado abonado a los pésimos documentales de Canal Historia, la gran mayoría de la gente desconoce como los cartagineses decidieron reclutar a estos paquidermos, así como su trayectoria en sus ejércitos a lo largo del tiempo. Así pues, y como hace bastante tiempo que no hablamos de nada sobre el Mundo Antiguo, dedicaremos esta entrada a dar pelos y señales de los elefantes de guerra de Cartago. Por cierto que si esto fuese uno de esos documentales antes mencionados, ahora tocaría un "flash-back" o como leches se diga para recordar al personal lo dicho en este párrafo. Creo que dan por sentado que los habitantes del resto del planeta tienen la misma memoria de pez que los yankees, a los que por lo visto hay que recordar cada dos minutos lo que acaban de ver porque se les olvida todo, debido tal vez a que tienen el cerebro sumido en una nebulosa de zumo de cebada mezclado con emanaciones de grasas saturadas y colesterol. En fin, a lo que vamos. En primer, un breve introito para poner al personal en antecedentes...

Moneda acuñada en Babilonia c. 323 a.C. en la que
se ve al rey Poro en su elefante con Alejandro
tras el mismo. Según se aprecia, capta el momento en
que Bucéfalo acaba de ser ensartado por una lanza
enemiga, causando la muerte del famoso caballo
El uso bélico de elefantes es muy antiguo, seguramente derivado del empleo de estos como animales de trabajo. No obstante y a pesar de que en aquellos tiempos había más elefantes y en más sitios que ahora, solo se recurría a ellos en el sub-continente indio. El primer ejército europeo que tuvo que enfrentarse con elefantes de guerra fue el del macedonio Alejandro cuando, en 326 a.C., libró la batalla de Hispades contra las tropas de Poro, un monarca indio que le plantó delante de las narices 200 de estos bichos. No obstante, no era la primera vez que los atribulados macedonios tenían conocimiento de estos animales ya que en la batalla de Gaugamela, librada cinco años antes, en 321 a.C., el ejército persa contaba con 15 ejemplares si bien estos no llegaron a entrar en combate. Tras ser capturados por los macedonios, fueron la base de una unidad de elefantes de guerra al mando de un elephantarch, o sea, jefe de los elefantes, que fue aumentando poco a poco gracias a los ejemplares que los reyezuelos indios le obsequiaban como muestra de acatamiento a medida que avanzaba hacia el este, que el macedonio era asaz vanidoso, le encantaba que le hicieran la pelota y se ponía la mar de contentito cuando sus nuevos vasallos le habían regalos chulos. De hecho, cuando se enfrentó con Poro contaba con 130 elefantes si bien no llegaron a entrar en combate debido al parecer a la imposibilidad de hacerles cruzar el río Hidaspes. 

Elefante de guerra macedonio hacia el siglo III a.C.
Tras la muerte del obsesivo conquistador, sus diádocos siguieron haciendo uso de los elefantes a lo largo de las guerras con las que dirimieron de forma nada amigable el reparto del inmenso imperio creado por su extinto rey, de modo que los reinos surgidos tras el desguace del mismo hicieron acopio de estos animales para darse estopa a base de bien. Así, todos los territorios situados en Oriente Próximo y en el Egipto Ptolomaico contaron en sus filas con unidades más o menos nutridas de elefantes provenientes de la India. Pero de los malos rollos entre los otrora fieles seguidores del macedonio y sus elefantes ya hablaremos en otra ocasión, así que daremos un salto para añadir, como conclusión a esta introducción histórica, que el que introdujo estos paquidermos bélicos en Europa fue Pirro, famoso por inventar las victorias pírricas y rey de Epiro, un territorio que limitaba al norte con la Iliria, al este con Macedonia y Tesalia y al sur  con Atamania y Ambracia. O sea, y para los que no anden muy duchos en geografía política del Mundo Antiguo, estaba en lo que actualmente sería el norte de Grecia y Albania. 

Elefantes de guerra epirotas, importados desde la India
posiblemente a través de la monarquía ptolomaica de
Egipto
En 280 a.C., Pirro inició una serie de campañas a fin de expandirse por el Mediterráneo en ayuda, al menos oficialmente, de las colonias griegas establecidas en la ribera de dicho mar ante la cada vez mayor pujanza de Roma y Cartago. Su primera acción la llevó a cabo en Tarento, un población situada en el tacón de la bota itálica que estaba bajo el control de los griegos que llamó en su auxilio al monarca de Epiro. En su contingente viajaron 20 elefantes de guerra que inauguraron, por así decirlo, la presencia de estos animales en los teatros bélicos de Occidente. El contacto entre las tropas de Pirro y los cartagineses tuvo lugar en Sicilia en 278 a.C., y tan impresionados quedaron por estos animales que, aparte de ser derrotados por el epirota, decidieron formar una unidad de elefantes para hacer frente a su más peligroso y ambicioso competidor por el dominio del Mediterráneo: Roma, una ciudad que había pasado de ser un villorrio de pastores a una potencia cada vez más poderosa y con un desmedido afán por adueñarse tanto de la Península Itálica como de las florecientes y ricas ciudades establecidas en las costas europeas y del norte de África.

Plato romano que representa de forma simbólica a la elefanta
que acudió en auxilio de su hijo, representado aquí como una
pequeña cría que coge con su trompa el rabo materno.
Obsérvese la torre tripulada por dos hombres y el arnés
hecho con cadenas que la sujeta al animal
Así es como el elefante de guerra entró en contacto con los belicosos cartagineses si bien conviene aclarar que la actuación de los elefantes tanto contra las tropas romanas o cartaginesas no fue en modo alguno determinante y, tras superar el factor sorpresa al verse ante aquellas enormes criaturas, los romanos fueron capaces de idear tácticas que les permitieran anular la arrolladora potencia que desplegaban en una carga. En 274 a.C., en la batalla de Maleventum, la fuerza de elefantes sufrió una contundente derrota debido, según las fuentes, a dos posibles motivos. Uno, el más extendido, afirma que los romanos espantaron a los elefantes untando multitud de cerdos con grasa y brea. Tras prenderles fuego, los pobres gorrinos salieron dando chillidos en dirección al enemigo, corriendo entre las patas de los paquidermos. Esto provocó una estampida generalizada de los mismos, que se dieron la vuelta huyendo del campo de batalla sin que sus guías fuesen capaces de hacerles volver. La otra afirma que fue por algo meramente circunstancial. Un elefante joven había sido herido por una jabalina en la cabeza, por lo que retrocedió barritando de dolor. La madre del elefante acudió en ayuda de su hijo, lo que provocó un momentáneo desorden en las filas que fue aprovechado por los romanos al darse cuenta de que estos animales eran sensibles a las quejas de sus congéneres, por lo que lanzaron una lluvia de dardos y jabalinas contra ellos que, finalmente, produjeron la estampida y la rotura de las líneas epirotas.

Elefante de guerra que aparece en un fresco de una de las
tumbas de la necrópolis de Maresha (c. siglo II a.C.),
en Israel. Obsérvese el caparazón que lo cubre,
así como la armadura articulada que protege su trompa
Porque la cuestión es que, en realidad, el elefante no es la bestia agresiva que ataca sin preocuparse de otra cosa que no sea destruir todo lo que tiene delante que muchos suelen imaginar. Antes al contrario, es un animal de carácter pacífico, lo que no quita que, como es lógico, reaccione con energía ante una agresión a la hora de defender a sus congéneres y, sobre todo, a sus crías, que arropan entre todos cuando saben que algún depredador los acecha. Pero, además, el elefante es un animal extremadamente inteligente, lo que no lo hace precisamente válido para la guerra. ¿Por qué? Pues muy fácil. El elefante tiene conciencia del peligro que corre, sabe distinguir los lamentos y el miedo de sus congéneres ante situaciones de peligro y llega rápidamente a la conclusión de que a ellos no se les ha perdido nada en los malos rollos entre humanos, por lo que en muchas ocasiones decidieron largarse en buena hora haciendo caso omiso de las órdenes de sus guías que, a pesar de haber establecido con ellos sólidos vínculos de amistad, no podían obligarlos a dar media vuelta si se negaban a ello. En resumen, eran lo bastante listos como para darse cuenta de que corrían un peligro real, y cuando eso sucedía le hacían una higa al personal y se largaban sin dar explicaciones y, lo que era peor, arrollando a sus propias tropas si no se quitaban de en medio con la suficiente celeridad.

Pero a pesar de ese inconveniente, la cuestión es que los cartagineses vieron en los elefantes unos eficaces sustitutos de los carros de guerra como arma de choque. Desde hacía más de un siglo, el ejército de Cartago venía usando carros escitas tirados por cuatro caballos que solían ser conducidos por libios o cartagineses, llegando a tener hasta 300 unidades en Sicilia y unas 2.000 en Túnez. Sin embargo, bien por no saber darles un uso adecuado, bien por no considerarlos lo suficientemente eficaces en combate, la cosa es que ante la visión de los paquidermos epirotas decidieron jubilar a los carros escitas y sustituirlos por elefantes. Curiosamente, aunque jamás habían pensado en las posibilidades de estos animales para su uso bélico, el norte de África estaba lleno de elefantes a los que nunca habían prestado atención. Estos animales eran una variedad del elefante de sabana propio de África Central. Serían de aspecto similar al elefante de bosque (loxodonta cyclotis) que aún existe y que, como diferencia principal con sus parientes africanos e indios, tienen un tamaño mucho más reducido. En el gráfico que tenemos a continuación lo veremos mejor.

Los elefantes de la ilustración están a la misma escala para poder
apreciar la verdadera diferencia de tamaño entre las tres especies
En la figura A podemos ver al rey de los elefantes. Es el loxodonta africana, el elefante de sabana, un animal cuya alzada oscila entre los 3 y los 3,5 metros y su peso va desde 5 ,5 a las 6 toneladas. Además, sus colmillos alcanzan un tamaño superior al de sus congéneres. Conviene aclarar para aquellos que lo desconozcan que, en realidad, lo que identificamos como colmillos son los incisivos. Si alguien se pregunta por qué siendo esta especie la más poderosa de todas nunca se usó con fines bélicos, la respuesta es que son bastante reacios a ser domesticados, y se cabrean bastante si alguien intenta subirse encima de ellos, endilgándoles un trompazo a los que se ponen muy pesados para, a continuación darles un pisotón en el cráneo y, finalmente, soltarle 12 litros de mocos en su calavera por si aún le queda un hálito de vida. La figura B corresponde a un elefante indio (elephas maximus indicus). Esta especie presenta unos rasgos morfológicos que lo diferencian de su pariente africano, principalmente en la forma del lomo y una frente más pronunciada, así como en unas orejas mucho más pequeñas. Su alzada oscila entre los 2 y los 3,5 metros, mientras que su peso va desde las 2 y las 5 Tm. Pero su rasgo más importante es que, contrariamente a su indómito pariente, el elefante indio es domesticable y era usado como animal de trabajo desde tiempos muy remotos. Por último, en la figura C vemos al elefante de bosque del norte de África (loxodonta africana pharaoensis), una sub-especie de inferior tamaño que se considera extinta desde, aproximadamente, el siglo I d.C. Este animal apenas alcanzaba los 2,5 metros de alzada como mucho, y su peso oscilaría alrededor de las 3 Tm. Al igual que su pariente oriental, era susceptible de ser domesticado y, lo más importante, en aquellos tiempos era abundante en todo el norte de África, por lo que saldría más barato que traer elefantes desde nada menos que la India, que estaba lejísimos.

Elefante indio con su guía y un único jinete armado de
una larga lanza pertenecientes al ejército cartaginés
No obstante, para iniciar su unidad de elefantes precisaban de guías capacitados que, además, fueran duchos en el arte de adiestrar esos animales, así que recurrieron a los faraones de la dinastía ptolomaica para que les vendieran algunos ejemplares indios y les incluyeran en el lote a sus respectivos guías, los cuales se encargarían de enseñar a los libios y númidas destinados a las unidades de elefantes. En no mucho tiempo, Cartago logró reunir el cuerpo de elefantes más grande de la ribera mediterránea juntando alrededor de los 300 ejemplares que, según planearon inicialmente, sustituyeron a los carros escitas a pesar de que, tal como pudieron comprobar en Sicilia, una infantería bien adiestrada en las tácticas adecuadas podía desbaratar toda una línea de elefantes e incluso hacerlos volver contra sus propias tropas, provocando con ello tal caos que podía incluso costarles una severa derrota. Porque un elefante podía avanzar contra el enemigo de buena gana obedeciendo a su guía, pero si llegaba el momento en que se hartaba de batallitas o le dominaba el pánico, daba media vuelta y nada ni nadie podía convencerlos para que no huyeran. De hecho, en las batallas en las que participaron en Occidente hubo más derrotas que victorias, por lo que siempre cabe cuestionarse el empeño en mantener estas costosísimas cuadras de animales cuyo adiestramiento y manutención costaban verdaderas fortunas para, al cabo, obtener a cambio unos resultados más bien magros.

Recreación de un elefante cartaginés con un guía númida.
Sobre el lomo lleva una pequeña torre con capacidad
para un solo tripulante
En cuanto al equipamiento de los elefantes, por lo general asociamos estos animales a la imagen de los mismos con una pequeña torre de madera sobre el lomo desde las que varios combatientes lanzan jabalinas o flechas al enemigo. Esto era posible cuando se trataba de elefantes indios, mucho más grandes y fuertes que los elefantes norte-africanos que nutrían el grueso de la cuadra cartaginesa. Así, los ejemplares importados desde la India vía Egipto podían transportar dos o tres tripulantes más el cornac, que era el nombre en lengua púnica que recibían los guías. Sin embargo, los pequeños elefantes africanos no eran capaces de acarrear ese peso, si bien fuentes clásicas afirman que también estaban equipados con su correspondiente torre. Por ello podemos colegir dos teorías igualmente válidas. Una, que en caso de llevar sobre el lomo  la torre de madera, o  quizás fabricada con una estructura lígnea forrada de pieles para ahorrar peso, esta sería ocupada por un único combatiente. Y la otra, que la "tripulación" la formarían el cornac más uno o dos jinetes montados a la grupa sin más, desde donde podrían hostigar al enemigo con lanzas o jabalinas. Por otro lado, según Apiano, los elefantes que participaron en la batalla de Zama estaban equipados "para inspirar horror", por lo que es probable que fuesen cubiertos con algún tipo de caparazón rojo y/o testeras de broce y armaduras articuladas en la trompa. O, por el contrario, puede que solo se limitaran a pintarlos de colores vivos de forma que su apariencia fuese más inquietante de lo normal. Quizás del único que podemos tener certeza que iba más ornado era el elefante personal de Aníbal, un elefante indio llamado Surus (el Sirio) que, según Plauto, iba recubierto por un caparazón rojo.

Aníbal sobre su elefante Surus
Los comienzos de los elefantes cartagineses no fueron precisamente prometedores. Durante la Primera Guerra Púnica, los romanos sitiaron la ciudad cartaginesa de Agrigento en 262 a.C., por lo que fue enviado un ejército para obligarles a levantar el cerco que incluía 60 elefantes. Hannón, el comandante del ejército de socorro, colocó a los elefantes tras la línea de vanguardia, la cual fue rota y puesta en fuga por los romanos al mando de Lucio Postumio Megelo y Quinto Mamilio Vítulo. Los supervivientes de la vanguardia huyeron en desbandada, provocando a su vez una estampida de los elefantes que cayeron como una tromba sobre las tropas situadas a retaguardia, causando un caos total entre las filas cartaginesas. Sin embargo, los cartagineses no se doblegaron ante este fracaso inicial ya que tuvieron claro que no se debió a los elefantes en sí, sino a su uso erróneo y a su indebida colocación en la formación de batalla.

Otra recreación de un elefante de guerra púnico,
en este caso con una torre tripulada por dos
hombres. Obsérvense las fundas de bronce de
los colmillos, con las que podían infligir
terribles heridas
De ahí que seis años más tarde, en 256 a.C., cuando el ejército del cónsul Marco Atilio Régulo fue enviado a África a llevar la guerra a las puertas de sus odiados enemigos, los cartagineses ya habían mandado al paro a Hannón, el cual había sido sustituido por un mercenario espartano por nombre Jantipo que ya tenía experiencia en el uso de elefantes por haber hecho frente a Pirro cuando este atacó Esparta en 272 a.C. En esta ocasión las cosas fueron totalmente distintas ya que Jantipo formó una vanguardia formada por 100 elefantes que desbarató el centro del ejército romano, que fue a continuación rodeado y diezmado por la caballería cartaginesa situada en las alas. En esta ocasión parece ser que los elefantes sí lograron ejercer una gran presión psicológica sobre sus enemigos gracias al uso de caparazones de vivos colores y al uso de aguzadas fundas de bronce para los colmillos, así como al hecho de que vieron como eran capaces de causar graves heridas con sus trompas. Finalmente, acabaron con los prisioneros a los que lograron atrapar condenándolos a ser aplastados por los elefantes, lo que hizo que el temor a estos animales se viese notablemente acrecentado en las tropas mercenarias empleadas por Roma, mucho menos profesionalizadas y más susceptibles de ser presa del pánico ante cualquier cosa que se saliera de lo habitual. Esta victoria quitó durante unos años las ganas a los romanos de enfrentarse a los cartagineses, lo que hizo que estos sobrestimasen el valor militar del elefante como arma de guerra, lo que fue un error ya que los romanos podían ser muchas cosas, pero obstinados y cabezones como pocos. Basta recordar como, de forma sistemática, terminaba Catón el Viejo todos sus discursos, tratasen del tema que tratasen, durante las postrimerías del conflicto: CETERVM CENSEO CARTHAGINEM ESSE DELENDAM: Por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida. Solo dejó de repetir la coletilla cuando, finalmente, Roma derrotó a Cartago.

Denario de plata acuñado a nombre
de L. Cecilio Metelo para conmemorar
su victoria sobre Asdrúbal
De hecho, la derrota infligida a Marco Atilio Régulo no cayó en saco roto, y los estrategas de la época tramaron sutiles artimañas para anular la capacidad ofensiva de los elefantes. En 251 a.C. el cónsul Lucio Cecilio Metelo asentó su ejército en la ciudad de Palermo y ordenó cavar zanjas alrededor de las murallas para, a continuación, mandar tropas ligeras a provocar al ejército cartaginés al mando de Asdrúbal. Este, muy irritado por aquel hostigamiento, ordenó que los elefantes avanzaran contra ellos para desbaratar sus filas, pero se equivocó de medio a medio ya que los romanos se protegieron en las zanjas, contra las que los elefantes ni sus jinetes podían hacer nada. Y en cuanto se detuvieron ante dichas zanjas una lluvia de flechas y dardos provenientes de las murallas los aniquilaron bonitamente. Los que pudieron huir fueron derrotados por las tropas romanas que salieron de la ciudad que, finalmente, pudieron acabar con el ejército cartaginés. 

Una de las tropocientas mil representaciones del paso a
través de los Alpes
Como vemos, estos animalitos daban una de cal y una de arena sin que en ningún momento se viese una manifiesta superioridad táctica en su empleo. En todo caso, el buen o mal resultado de los elefantes en batalla dependía de multitud de factores que, por lo general, no podían ser tenidos en cuenta en ningún plan previo. Su comportamiento era a veces tan volátil o inesperado que no se podía confiar al cien por cien en la eficacia de estos animales que, contrariamente a los caballos, eran capaces de pensar por sí mismos hasta el extremo, como hemos dicho, de decidir que el campo de batalla no era un sitio agradable y poniendo tierra de por medio por mucho que sus guías intentasen impedirlo. Así fue transcurriendo el tiempo hasta que, en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, tuvo lugar la acción por la que la mayoría conoce los elefantes de guerra cartagineses, que no es otra que el celebérrimo paso a través de los Alpes llevado a cabo por Aníbal para invadir Italia y derrotar a los arrogantes romanos en su propio territorio.

Probos ciudadanos recreacionistas ilustrando la que
posiblemente fuese la forma más habitual de tripular a estos
animales: el guía y un único acompañante
En 218 a.C., el valeroso Aníbal cruzó los Alpes al frente de un poderoso ejército que incluía 37 elefantes de los cuales es posible que alguno fuese indio. En esta ocasión los elefantes fueron decisivos a la hora de presentar batalla al ejército romano junto al río Trebia, en la que la caballería del cónsul Tiberio Sempronio Longo salió en desbandada ya que, según parece, a los caballos les producía un invencible pánico el olor de los elefantes, por lo que era preciso adiestrarlos previamente para que aprendieran a domeñar ese miedo. Por otro lado, las tropas auxiliares romanas, que tampoco estaban preparadas para hacer frente a aquellas bestias, huyeron en desbandada, lo que posibilitó la primera victoria cartaginesa en territorio romano. Conviene aclarar que, según qué fuentes, no todos los elefantes lograron culminar con éxito la travesía, y algunos autores afirman que solo lo lograron siete de ellos. Pero en lo que sí coinciden es en que tras la batalla murieron todos los menos uno que, posiblemente, fue usado luego solo como montura. Se desconocen las causas de tanta mortandad elefanteril, siendo aceptada generalmente la teoría de que el invierno de aquel año, especialmente gélido, pudo con unos animales habituados a un clima mucho más cálido. Personalmente no coincido con esta teoría tanto en cuanto fueron capaces de superar la ardua travesía alpina que, sin embargo, sí costó la pérdida de muchos hombres y caballos. Sea como fuere, las causas pudieron ser muchas y no necesariamente una sola la que causó la muerte de todo el contingente de paquidermos. Agotamiento, enfermedades o las heridas recibidas en combate pudieron ir minando a estos gigantes hasta quedar solo un único superviviente.

Batalla de Zama. En esta ocasión los elefantes formaron una primera línea
a lo largo de toda la vanguardia del ejército cartaginés
Para no alargar más esta relación de la trayectoria de los elefantes en el ejército cartaginés, mencionar que en 215 a.C. la fuerza de elefantes pudo ser reforzada con 15 nuevos ejemplares si bien solo fueron usados de forma circunstancial contra tropas formadas por tribus que nunca habían visto a estos animales, por lo que su impacto psicológico suponía una ventaja táctica, o contra caballería que no estuviese adiestrada para luchar contra ellos. La última actuación de los elefantes de guerra tuvo lugar en la batalla de Zama, en el 202 a.C. En esta ocasión se hizo uso de 80 elefantes africanos que al ser demasiado jóvenes y estar entrenados a toda prisa no pudieron estar a la altura de las circunstancias. Además, los romanos ya sabían como hacer frente a estos carros de combate de la antigüedad, y el general romano, en este caso Publio Cornelio Escipión, ordenó a sus tropas que hicieran sonar a todo pulmón las bocinas y los cuernos para intentar espantar a los elefantes, cosa que lograron cuando algunos de ellos se abalanzaron asustados contra la caballería númida de su propio ejército. Sin embargo, el grueso de la línea de elefantes prosiguió avanzando por lo que, siguiendo las instrucciones de Escipión, abrieron pasillos por los que los elefantes pudieran infiltrarse sin causar bajas para, una vez llegados a la retaguardia, ser acribillados por las jabalinas y los dardos de los vélites y los hastati si bien a pesar de la treta fueron capaces de causar numerosas bajas entre los enemigos. Sin embargo, la lluvia de proyectiles que cayó sobre ellos hizo que entraran en pánico y dieran media vuelta para intentar huir del campo de batalla.

Momento en que los vélites de Escipión rodean a los
elefantes púnicos para diezmarlos a golpe de dardo y
jabalina
No se sabe si sus guías no pudieron sujetarlos, lo que sería probable a la vista de lo ocurrido en anteriores batallas, o bien que muchos de estos cayeron muertos mientras que sus elefantes huían a toda prisa. Con todo, parece ser que para evitar que, como ya había pasado antes, arrollaran a las tropas propias, Asdrúbal, el hermano de Aníbal, había ordenado que los guías fuesen provistos de un cincel y un martillo para, llegado el caso, hincarlos en la parte trasera de la cabeza de sus animales, o sea, apuntillándolos sin más. En todo caso, no hay constancia de que se llegara a llevar a cabo este sacrificio postrero si bien tampoco debía ser fácil apiolar a un elefante que huye a toda velocidad mientras que llovían proyectiles por todas partes. Por otro lado, ir aupado sobre el cogote de un elefante norte-africano era más o menos lo mismo que cabalgar sobre un caballo de gran alzada, es decir, no gozaban de la notable ventaja de quedar fuera del alcance de las espadas enemigas como ocurriría en el caso de guiar un elefante indio. De todas formas, tras la contundente derrota infligida por Escipión a los cartagineses, estos abandonaron el uso de elefantes de guerra que, como hemos visto, dieron a lo largo de su vida operativa unos resultados bastante irregulares. Sea como fuere, cuando comenzó la Tercera Guerra Púnica en 146 a.C. la fuerza de elefantes de guerra de Cartago ya no existía.

Elefantes cartagineses contra la caballería romana.
Obsérvese como la trompa de estos animalitos era un
arma temible llegado el caso. De ahí que, en muchas
ocasiones, las protegieran con armaduras de escamas
articuladas ya que eran su principal punto flaco
Bien, con esto podemos hacernos una idea de como fue la trayectoria de los famosos elefantes de guerra de los cartagineses. Según hemos ido viendo, una vez superado por el enemigo el primer impacto psicológico no eran más que una especie de caballería super-pesada, pero con el inconveniente de que eran menos fiables que los caballos. En pocas ocasiones fueron decisivos, y cuando eso ocurrió fue debido más a la impericia del comandante enemigo o a tropas susceptibles de acojonarse ante la visión de unas bestias semejantes. Pero cuando las tropas y sus mandos sabían como hacerles frente acababan igual que los temibles carros escitas, poco manejables y con menos estabilidad que un político con 18 causas penales abiertas por corrupción. No obstante, lo cierto es que dieron mucho que hablar en su época, e incluso hoy día los seguimos viendo como unos majestuosos adversarios que, sin quererlo ni beberlo, fueron sacados de su hábitat para tomar parte en las interminables guerras entre humanos. Porque somos tan dañinos que no nos basta con masacrarnos entre nosotros mismos, sino que aprovechamos para llevarnos por delante todo lo que podamos.

En fin, hora de la merienda. Hoy toca bocata XXXL de mortadela siciliana. Adoro la mortadela siciliana. Si todo el mundo la comiese seguro que habría menos mala leche en el planeta.

Hale, he dicho

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jueves, 21 de septiembre de 2017

El curioso origen de la artillería ferroviaria


Cañón ferroviario francés de 274 mm. modelo 1893/96 durante la Gran Guerra. Su alcance era de 22 km.

Por lo general, cuando hablamos de artillería ferroviaria solemos asociarla a los enormes cañones instalados sobre plataformas como el que vemos en la foto superior. Todos los países en liza, incluso los yankees que llegaron al final de la fiesta, diseñaron y pusieron en servicio piezas de este tipo que, habitualmente, eran de artillería pesada. Su uso táctico está claro: aprovechando los tendidos ferroviarios existentes y/o ramales construidos ex-profeso por las unidades de ingenieros hasta el emplazamiento adecuado, enviar con la máxima rapidez artillería de grueso calibre a las zonas del frente que precisaran de la misma. Preparaciones artilleras previas a una ofensiva, destrucción de fortificaciones, fuego contra-batería... en fin, cualquier circunstancia que requiriese la intervención de artillería pesada. Obviamente, era mucho más fácil tener el cañón ya instalado en su correspondiente plataforma y con sus vagones de municiones listos para ser enganchados en una locomotora que arrastrar esos monstruos de decenas de toneladas por sitios intransitables o, peor aún, dejarlos en emplazamientos estáticos que eran rápidamente localizados por el enemigo, por lo que nadie dudaría de la utilidad de estos cañones.

El Dora. Para ponerlo en orden de combate había que construir una vía
doble por donde rodaban los ocho vagones que lo sustentaban. Solo la
caña del cañón medía 37 metros
Esto, que es de una obviedad palmaria, no parecía tan evidente a los jerifaltes de turno cosa de 60 años antes, cuando se empezó a gestar este tipo de artillería que tuvo su máxima expresión en las descomunales piezas que los germanos pusieron en servicio durante la Segunda Guerra Mundial, siendo el culmen de todas ellas el Dora, un mamotreto de 800 mm. de calibre capaz de lanzar un proyectil de 7 toneladas a 25 Km. de distancia. En realidad, el Dora o, dicho con propiedad, el 80 cm. Kanone (E), era la pieza menos rentable de la historia en relación costo-eficacia, pero su sola presencia en el campo de batalla encogía los ombligos del personal de forma traumática. Sin embargo, aunque por norma asociamos la artillería ferroviaria a contextos de guerra terrestre, la realidad es que originariamente fue ideada para la artillería naval hacia mediados del siglo XIX, cuando el magnífico invento de la locomotora de vapor estaba en plena expansión. Veamos como fue la cosa...

A mediados del siglo XIX las defensas costeras estaban encommendadas
a cañones de grueso calibre montados sobre cureñas giratorias como
la de la foto y protegidos por los parapetos a barbeta de las fortificaciones
ex-novo con que se iban sustituyendo los antiguos fuertes costeros
En la década de los 40 del siglo XIX, los estados mayores de la grandes potencias veían con preocupación como el vecindario se ponía revoltoso de vez en cuando y hacía inquietantes amagos de querer presentarse en casa sin llamar a la puerta y, menos aún, pedir permiso. De ahí que las naciones con grandes extensiones de territorio mirando al mar se vieran en la necesidad de fortificar las costas con artillería lo suficientemente poderosa como para, no ya hundir, sino también persuadir a cualquier flota enemiga de que aproximarse hasta quedar dentro de su alcance era la mejor forma de acabar convertido en comida para peces. Lógicamente, tanto las obras necesarias para erigir fortificaciones adecuadas como la artillería para defenderlas costaban un verdadero pastizal, pero no quedaba otra si no querían ver un mal día como los enemigos de toda la vida se presentaban en las playas sin que nadie les hiciera frente. Está de más decir que hablamos de la típica defensa estática al uso desde hacía siglos, o sea, fortificaciones situadas a lo largo de la costa a una distancia unas de otras de forma que se cubrieran mutuamente, por lo que todo lo que intentase pasar entre ellas quedara dentro del alcance de sus cañones.

O bien se recurría a los viejos fuertes de los siglos XVII y XVIII a los
que, si acaso, solo se les remozaba la artillería en servicio
Este sistema defensivo aplicado en países como España, Inglaterra o Francia, con miles de kilómetros de costa, implicaban una inversión absolutamente descomunal que, por desgracia, era imposible eludir por razones obvias. Y lo peor era que, además, la cada vez más rápida evolución tanto de la artillería como de la construcción naval obligaría a llevar a cabo actualizaciones cada vez más frecuentes con el consiguiente gasto porque no se podían permitir quedar relegados a la obsolescencia por el peligro que supondría. Así pues, los cerebros pensantes de la época se pusieron a dar forma a algún sistema que permitiera cubrir el máximo de costa con el mínimo de piezas, lo que en teoría abarataría enormemente el presupuesto destinado a las defensas marítimas. Este nuevo concepto, que ahora nos parece poco menos que una perogrullada, no fue tan evidente a ojos del personal, como no podía ser menos y como ya hemos visto en las entradas dedicadas a carros de combate y chismes similares.

La idea consistía en que, gracias al ferrocarril, la artillería podía desplazarse donde fuese necesario y no ver como en un determinado punto de la costa haría falta desplegar más potencia de fuego sin posibilidad de llevarlo a cabo. De esa forma, se podrían concentrar las piezas necesarias en un determinado punto para, a continuación, cambiarlas de posición para impedir que la artillería embarcada en los buques enemigos las machacara, lo que sí era habitual en el caso de fortificaciones estáticas. Y una cosa estaba clara desde hacía mucho tiempo, y es que cualquier fortaleza, por gruesos que fuesen sus muros, tarde o temprano acabaría cediendo a los embates de la artillería. Eso lo afirmaba Maquiavelo en su obra "Del arte de la guerra", publicada en el año 1521, así que no era precisamente un secreto militar. 

Cañón naval británico de 32 libras en una cureña giratoria
Así pues, en abril de 1847, sir James Caleb Anderson, un probo baronet irlandés de cuando toda Irlanda pertenecía a los british (Dios maldiga a Nelson), presentó en la Real Chancillería de Edimburgo una patente para instalar un cañón de 32 libras sobre un vehículo fabricado enteramente de hierro que circularía sobre raíles, o sea, algo similar a una plataforma o un vagón de ferrocarril. En 1849 presentó el proyecto al duque de Wellington, a la sazón Comandante en Jefe del ejército británico porque eso de ganarle una batalla al enano corso (Dios lo maldiga por siempre jamás, amén) era suficiente para encumbrarlo de por vida. Dicho proyecto consistía en establecer a lo largo de todo el litoral del sur de Inglaterra una línea ferroviaria que permitiría desplazar la artillería de costa, o sea, su invento, de un punto a otro con la máxima rapidez. Wellington levantó una ceja con aire indiferente, como no podía ser menos, pero la indiferencia se le evaporó cuando el  probo irlandés le informó que la broma saldría por más de un millón de libras, cifra tan escandalosamente alta como para que todo un duque victorioso se quedase sin resuello. En aquella época, con ese dinero podía uno comprar un pequeño país y coronarse rey del mismo sin problemas.

Sir John Burgoyne (1782-1871)
Pero Wellington le pasó la patata caliente a sir John Fox Burgoyne, que desde 1845 era el Inspector General de Fortificaciones, por lo que la decisión era suya tanto en cuanto el invento estaba relacionado con la defensa costera del Canal. Burgoyne se quitó de encima al irlandés con un argumento de peso: cualquiera podría volar la línea férrea, anulando en ese caso la capacidad defensiva de la artillería. Es evidente que Burgoyne no cayó en un pequeño detalle, y es que un raíl volado podía ser reparado en una hora o incluso menos por una unidad de ingenieros, pero se le agotó el combustible cerebral con la primera conclusión y no dio para más. Anderson recurrió en última instancia al Almirantazgo y al Ministerio de la Guerra, pero el escalofriante presupuesto era motivo sobrado para desecharlo, y más si tenemos en cuenta que, precisamente en aquella época, ya andaban sumidos en una enorme campaña de modernización de las defensas costeras. Es decir, que la pasta ya estaba comprometida en otra cosa.

Así pues, el proyecto del buen baronet se quedó relegado en la nebulosa del olvido, y no fue hasta 1894 cuando los british retomaron el concepto de artillería ferroviaria pero ya bajo otros baremos mucho más modernos y con muchísimos más kilómetros de trazado ferroviario construidos que 50 años antes. Pero de eso ya hablaremos más adelante, que hoy toca comentar los orígenes, no la evolución.

Pero, en este caso, la idea no solo la tuvo el irlandés, sino que, curiosamente, surgió en otro cerebro situado a miles de kilómetros de distancia y, más curiosamente aún, en el mismo año en que el baronet se presentó a patentar su invento. Hablamos del capitán de ingenieros del ejército ruso Gustav Korey que, en realidad, más que un sistema de artillería móvil ideó un método para mover la artillería a toda velocidad dentro de una posición estática. La fortificación ideada por Korey consistía en un recinto cuya sección vemos en el croquis de la derecha. Como podemos apreciar, constaba de dos plantas, la inferior con casamatas abovedadas y la superior descubierta con un parapeto a barbeta. La parte que sobresale es un reducto central provisto de troneras fusileras.

Dicha fortificación tenía forma de trébol como se ve en el plano de la derecha que nos muestra la planta de los dos niveles, por cuya parte central transcurría un trazado ferroviario de 3 metros de anchura por el que las piezas, emplazadas sobre plataformas, podían ser transportadas de un sitio a otro con la ayuda de pequeñas locomotoras. Además, con la ayuda de máquinas de vapor se podían incluso trasladar de una planta a otra en caso de que alguna quedase fuera de combate. Si observamos el plano podremos ver claramente los tres ramales que había en cada planta, pudiendo distribuir las bocas de fuego en una dirección u otra sin problemas. Este sistema permitía reducir la artillería al menos en un 50% ya que, si el enemigo atacaba por un sitio, los cañones emplazados en la dirección opuesta que no servirían de nada podían ser recolocados hacia donde fuese necesario, o bien disponer solo de la cantidad de piezas para armar solo una de las alas del recinto ya que las otras dos no estarían siendo atacadas. Por cierto que los ramales que se ven en el exterior del plano de abajo son las contraminas, no sea que alguien piense que también son vías de tren. El capitán Korey ofreció este proyecto para las modificaciones que se estaban llevando a cabo en Sebastopol, en la península de Crimea y punto vital para la flota del mar Negro. Está de más decir que mandaron a Korey a hacer gárgaras y que pasaron de tan peculiar planificación, ¿no? Con todo, tiempo tuvieron los rusos de arrepentirse amargamente porque, precisamente a raíz de la Guerra de Crimea (1854-1855), el ejército anglo-francés se apoderó de la plaza tras once meses de asedio. Quizás si hubiesen prestado más atención al invento de Korey las cosas hubiese sido de otra forma.

Posición artillera en Sebastopol. Es más que probable que, si en vez de
enterrar los cañones entre cestones llenos de tierra los hubiesen usado
como artillería móvil, el resultado hubiese sido distinto
No obstante, insistiremos en que este proyecto no recogía el concepto que tenemos de la artillería ferroviaria, sino más bien un sistema de agilizar el movimiento de las piezas de fuego en el interior de una fortificación estática diseñada a tal efecto. Pero debió ser fuente de inspiración para el personal porque, nada más acabar la guerra de Crimea y a la vista del pésimo resultado de las reformas llevadas a cabo en Sebastopol, a alguien se le ocurrió que sería mucho más eficaz construir un tendido de ferrocarril y olvidarse de las fortificaciones estáticas, o sea, algo similar a lo que planteó en su día con la misma poca fortuna sir James Anderson. La idea no partió en este caso de un militar sino de un ingeniero llamado Nikolai Repin que, en 1855, presentó al Ministerio de Marina un proyecto para la construcción preferente de líneas ferroviarias precisamente en las zonas donde la defensa estaría más comprometida en caso de ser nuevamente atacadas. Pero Repin no contó con dos detalles importantes. Uno, que no era militar, por lo que sus proyectos serían vilmente despreciados por los aristocráticos mandamases del ejército imperial ya que darían por sentado que no sabía una palabra del tema. Y dos, que en aquella época el ferrocarril era algo cuasi de ciencia-ficción en una Rusia cuya industria estaba aún a años luz del resto de Europa. En definitiva, lo mandaron a paseo diciéndole, para más recochineo, que tras estudiar su proyecto "no contenía nada digno de ser tenido en consideración". Sin comentarios.

Pero la cosa es que, a pesar de el habitual conservadurismo de los jerifaltes, el concepto de artillería móvil sobre tendido ferroviario seguía tomando fuerza. Apenas dos años más tarde, el teniente coronel Pyotr Lebedev publicó un sesudo ensayo titulado "El uso de los ferrocarriles para proteger el continente", una enjundiosa obra en la que pormenorizaba en todos los aspectos que había que tener en cuenta si se quería modernizar la defensa del enorme país. En ella, Lebedev insistía en lo que muchos ya consideraban como evidente, y era en lo absurdo de mantener posiciones estáticas que costaban un dineral tanto construirlas como mantenerlas y que igual no entrarían en combate jamás, mientras que otros lugares podrían necesitar más potencia de fuego sin posibilidad de aumentarla. 

Plataforma ferroviaria para mortero diseñada por Lebedev
Para establecer un sistema de artillería ferroviaria eficiente, Lebedev había llevado a cabo un diseño basado en dos trazados que discurrían paralelos a la costa. Por el más cercano circularían las plataformas artilladas debidamente protegidas por un talud que ocultase tanto la vía como la plataforma. La otra vía estaría situada a una distancia de seguridad más hacia el interior, y por ella podrían circular sin trabas los trenes con suministros de todo tipo, municiones, tropas o incluso la evacuación de heridos. Por otro lado, diseñó un sofisticado sistema de nivelación mediante el cual la plataforma podía colocarse totalmente horizontal sin tener en cuenta las pendientes del trazado. En la lámina superior podemos ver la plataforma para morteros (había otro tipo similar para los cañones), en cuyos lados se aprecian dos ruedas dentadas para nivelar el vagón. Además, se recomendaba que, si era posible, se detuviera la pieza en una curva de forma que el peralte quedase hacia el interior, lo que ayudaría a contener el retroceso de la misma.

Por último, y en un alarde de tecnología que Rusia no se podía permitir, sugería que se debía tender una línea telegráfica a lo largo de todo el trayecto para poder tener información de primera mano en todo el recorrido de la vía, así como la construcción de torres desde las que los observadores podrían corregir el tiro e informar mediante el telégrafo acerca de los movimientos de las naves enemigas. En fin, algo tan básico y tan evidente que, en teoría, nadie con al menos media cavidad craneana llena de sesera negaría. Bueno, pues lo negaron. En todos los medios militares de la Rusia zarista de aquella época se cachondearon del sensato proyecto de Lebedev y, como ocurrió con los de Repin y Korey, acabaron en algún cajón de algún picatoste de San Petersburgo, enterrado en expedientes chorras y cogiendo polvo a mansalva.

John B. Magruder (1807-1871)
Bien, criaturas, así es como surgió la artillería ferroviaria. Como hemos visto, un concepto totalmente ajeno al que siempre hemos tenido presente. Sin embargo, las ideas de Korey, Repin pero, sobre todo, de Lebedev, no cayeron en saco roto. Cinco años más tarde, concretamente el 29 de junio de 1862 y en el contexto de la Guerra de Secesión, el mayor general de la Confederación John Bankhead Magruder estrenó en la estación de Savage, en Richmond, un vagón provisto de un cañón naval de 32 libras con ánima estriada dentro de una casamata formada por gruesos tablones para darle el mismo empleo táctico previsto por los rusos para su artillería naval, pero en este caso para batir objetivos terrestres. Al parecer, la idea partió del general Lee, comandante supremo de las tropas conferedaras, que igual se hizo traducir el ensayo de Lebedev, vete a saber. En todo caso, la artillería ferroviaria tomó un creciente impulso para, al término de la misma, extenderse por otros países como Reino Unido, Alemania, Francia y el Imperio Austro-Húngaro. 

En resumen, los rusos y el baronet fueron los que sembraron una simiente que los militares de ambos países dejaron secar absurdamente, privándose ellos mismos de tener la primicia y, por ende, la ventaja táctica. Tuvieron que ser otros, en este caso los yankees, los que tomaran el relevo, le dieran la forma que todos conocemos y que se mantuvo operativa durante 90 años, tomando parte en todos los conflictos modernos que tuvieron lugar desde aquel momento. 

Bueno, vale por hoy. Ya seguiremos hablando de este tema que tampoco es muy conocido que digamos.

Hale, he dicho


El cañón de 32 libras sobre su plataforma durante el asedio de Petersburg, Virginia, entre junio de 1864 y marzo de 1865.
Como vemos, estaba montado sobre una cureña naval, pero el concepto de artillería ferroviaria terrestre ya estaba en marcha

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Bombardeo estratégico, 2ª parte




Bueno, prosigamos...

En la entrada anterior dejamos al capitán Kleinschmidt y sus valerosos muchachos preparándose para la fiesta mientras que el comandante von Dücker ultimaba los detalles de la operación que iniciaría la era de los bombardeos estratégicos. Pero antes de entrar en materia, una pequeña puntualización que se me pasó por alto. Es una chorradita, pero ya saben que me gusta ser metódico como un cuñado inspeccionando una bodega. Recordarán que el dirigible encargado para la misión fue el LZ 21, siglas que designaban su orden de fabricación por la empresa del conde mostachudo, la Luftschiffbau Zeppelin GmbH (Constructora de Aeronaves Zeppelin), de donde sale lo de la LZ, y el 21 era en referencia a que se trataba del vigésimo primer dirigible terminado por la firma. La designación Z VI indicaba que era el sexto dirigible del ejército, mientras que los de la armada eran numerados empezando con la letra L.  Así pues y aclarado este punto, vamos al grano...

En la lámina podemos ver los dos tipos de proyectiles empleados en la
acción. Recuerden que los germanos daban los calibes en centímetros
Durante la tarde del 5 de agosto de 1914 se puso a punto el dirigible siguiendo las directrices de von Dücker, que especificaban entre otras cosas que, como el ataque sería llevado a cabo por la noche, no lo intentaría interceptar ningún avión enemigo, por lo que no sería necesario llevar armamento defensivo el cual fue desmontado ya que había que aligerar todo el peso extra posible para la carga bélica, o sea, las bombas. Cuando se dieron en la entrada anterior las especificaciones del aparato, recordaremos que su carga útil era de 7.800 Kg., pero ahí estaban incluidos desde el peso de los tripulantes a los aparatos de navegación, radio, repuestos, los motores, el peso del combustible y, en fin, todo lo que no fuera la estructura misma del dirigible. Por otro lado, como aún no fabricaban bombas de aviación adecuadas se vieron obligados a sustituirlas por granadas de artillería corrientes y molientes a las que, para que cayeran de punta, se les ató a cada una en la base una sábana como si fuera un paracaídas a modo de sustituto de los estabilizadores propios de este tipo de armas. Un poco cutre, sí, pero el resultado sería similar. Se embarcaron siete granadas de 150 mm. con un peso unitario de 39 kg. y una carga explosiva de 5,9 kg. de ácido pícrico y una de 21o mm. con un peso de 119 kg. y una carga de 17,4 kg. del mismo tipo de explosivo. En total y redondeando porque habría que incluir el peso de las espoletas, 400 kg., una birria para lo que vendría más tarde. Las granadas fueron estibadas en la cabina central sobre una estructura exterior que permitía ir liberándolas tirando de un cable de acero que las mantenía unidas a la misma. El lanzamiento se efectuaba a ojo ya que aún no había aparatos de puntería pero, al fin y al cabo, la precisión en este caso tampoco era relevante ya que solo se trataba de darle a los belgas aquellos un susto parecido a los que les daba en su día el glorioso duque de Alba.

A eso de las 20:30 horas se comenzó la delicada operación de sacar el dirigible de su hangar, lo que no era cosa baladí porque estaba orientado en dirección este-oeste, pero ese día soplaba un viento lateral en dirección sur-suroeste, así que fue necesaria toda la pericia del personal de los hangares para poder sacar aquella mole del tamaño de 1,5 campos de balompié sin dañarlo ya que, como podemos suponer, ni la estructura ni la cubierta del dirigible eran susceptibles de resistir excesivos malos tratos. En la foto de la superior podemos ver al monstruo emergiendo de su madriguera, y en la inferior ya libre del angosto túnel donde dormitaba cuando no tenía nada que hacer.

El tema era más complejo de lo que parece. Hay que imaginarse a un mamotreto de 140 metros de largo y 14 de diámetro al que un viento lateral lo empuja con fuerza, ofreciendo una descomunal superficie que actúa como una gigantesca vela. Por lo tanto, para evitar que la estructura sufriese daños o deformaciones había que ir tirando hacia fuera mientras que grupos de hombres procuraban sujetarlo en dirección opuesta a la del viento a base de sogas. Sería como impedir que un navío de tres palos con todo el trapo desplegado no se moviera del sitio. Para evitar esto se diseñaron hangares giratorios como el que aparece en la foto superior, construido en Nordholz en octubre de 1914. Como vemos, seguía el mismo sistema que las plataformas giratorias empleadas en los talleres de los ferrocarriles, adecuando de ese modo la dirección del hangar a la del viento para facilitar la salida de la nave.

Por otro lado, como ya comentamos anteriormente, el sistema de anclaje de los proyectiles, así como el de lanzamiento de los mismos, se llevó a cabo en plan compadre por los manitas de la unidad de mantenimiento del dirigible. En origen, Zeppelin no se había planteado el uso bélico de su invento, orientado para el transporte civil de pasajeros y como servicio de correos, así que en los inicios de la guerra aún no se habían ultimado detalles de ese tipo. Posteriormente ya se diseñó un sistema de lanzamiento para las bombas en el que, mediante los interruptores colocados en un cuadro eléctrico como el que vemos en la foto superior, el bombardero iba soltando su carga bélica eligiendo el momento y el tipo de bomba en función del objetivo a batir.

Bien, tras el tortuoso parto del dirigible a través del útero-hangar, a eso de las 22:00 horas estaba listo para partir si bien los problemas no habían hecho más que empezar. Por un lado, una tormenta había cubierto el cielo de nubarrones, lo que dificultaría el bombardeo salvo que volasen por debajo de las mismas y, por otro, el viento del suroeste empujaba al LZ 21 en dirección norte mientras que el objetivo estaba precisamente en la dirección de donde soplaba el ventarrón aquel que, además, no permitía apurar la velocidad tope del dirigible, alcanzando solo los 30 Km/h. Lieja estaba a 100 Km. de Colonia, así que necesitarían al menos 3 horas para llegar a destino. En la ortofoto superior podremos ver más claro el panorama, y las dificultades que tenía el LZ 21 para alcanzar Lieja cargado hasta las trancas, con una tormenta veraniega de aúpa y con un viento que lo empujaba hacia Maastricht.

El ejército belga abre fuego contra el LZ 21, que en aquel momento volaba
a apenas 600 metros de altitud
En definitiva, parecía que habían elegido el peor día del puñetero verano para llevar a cabo la misión porque, para complicar más la cosa, incluso sufrieron una parada de los motores que dejó la nave literalmente al pairo, como un buque averiado en plena marejada y sin poder ascender para librarse del dichoso viento que amenazaba con obligar a abortar la misión. Fue precisamente el viento el que provocó la parada del motor ya que hizo que el dirigible se inclinase de proa hasta el extremo de que el suministro de gasolina, que era por simple gravedad, se cortase por no poder llegar hasta el motor, así que no quedaba más remedio que ascender por encima de las nubes sí o sí. Para ello, y ya que no había a bordo ningún cuñado prescindible para tirarlo al vacío, von Dücker ordenó lanzar dos proyectiles de 150 mm. con las espoletas provistas de su pasador de seguridad no fuesen a caer encima de tropas propias. Así, libres de 80 kilos de lastre, el LZ 21 pudo ascender y, finalmente, nivelarse, tras lo cual los mecánicos pudieron poner de nuevo los motores en marcha. Qué agobio, ¿no? Saldría una peli chulísima de esta historia, fijo.

Acuarela de Félix Schwormstädt en la que vemos al LZ 21 medio oculto entre
las nubes en dirección a Lieja. En primer término se ven parte de las fortificaciones
que rodeaban la ciudad y como una bomba explota sobre una cúpula de artillería,
lo cual es un gazapo del dibujante ya que todas las granadas fueron lanzadas
sobre la población
Pero entre una complicación y otra se encontraron con que eran ya las 01:00 horas del día 6 de agosto y que, debido al viento, en vez de avistar Lieja estaban casi llegando a Maastricht, situada como vemos en la ortofoto a unos 25 Km. al nordeste del objetivo, por lo que necesitarían más de una hora para alcanzar Lieja ya que esta vez volaban con el viento de cara. Por otro lado, los holandeses avistaron el dirigible ya que Kleinschmidt tuvo que hacerlo bajar para orientarse, y nada más sobrevolar territorio belga ya lo estaban siguiendo con reflectores y disparándoles con todo lo que tenían a mano, por lo que no les quedó más remedio que refugiarse en la masa de nubes para que no los frieran allí mismo. No avistaron Lieja hasta las 02:30 horas, de modo que ya podemos imaginar la exasperante lentitud con que se desplazaba el dirigible si las condiciones meteorológicas no eran óptimas. Tardó dos horas y media en cubrir los 25 Km. que había entre ambas poblaciones. Mientras los belgas dormían a pierna suelta como si la paz reinase en el planeta, el LZ 21 lograba por fin alcanzar la vertical del objetivo y se disponía a lanzar los proyectiles. Los muy memos de los belgas ni siquiera se habían preocupado de apagar el alumbrado público, por lo que localizar el blanco fue coser y cantar. Pero es más que evidente que von Dücker estaba gafado o le habían echado algún yu-yu, porque cuando llegó la hora de liberar las bombas el sistema manual instalado aprisa y corriendo no funcionó, por lo que uno de los maquinistas tuvo que ir soltándolas manualmente. 

Postal propagandística al LZ 21, o Z VI, como prefieran,
mientras que da estopa a los belgas. "Hurra por nuestro Zeppelin" se
puede leer en la esquina superior izquierda
Las bombas fueron lanzadas en una sola pasada sobre la ciudad a lo largo de 15 minutos mientras que los vecinos se debieron llevar un susto de muerte cuando empezaron a escucharse las tremendas explosiones. Todos los proyectiles detonaron, causando entre 9 y 13 víctimas, sin que se lograra conocer la cifra exacta en su momento. En todo caso, se pusieron muy contentitos cuando San Pedro los recibió en el Cielo y les dijo que habían tenido el honor de ser las primer víctimas del primer bombardeo estratégico de la historia. Igual aún lo están celebrando, como son belgas... Pero lo importante no fue el exiguo número de muertos ni los escasos daños producidos en el caserío urbano, sino el demoledor efecto psicológico logrado a pesar de los magros resultados de la misión, y desde aquel día el vecindario tuvo que dormir como las liebres, con un ojo abierto. Por cierto que la prensa alemana anunció a bombo y platillo el éxito de la misión, asegurando que se habían lanzado 13 proyectiles, uno más del doble de la cifra real, para acojonar más al personal. Total, en medio del caos nadie se habría parado a contar las explosiones.

Foto que muestra el LZ 21 tras el aterrizaje forzoso. Como podemos ver,
quedó bastante perjudicado y fue imposible plantearse su reparación
Sin embargo, a pesar de haber logrado cumplir la misión encomendada aún quedaba otro reto: volver a su base en Colonia con dos células de hidrógeno dañadas y perdiendo gas. En principio, el capitán Kleinschmidt logró elevar un poco la nave gracias a la pérdida de lastre que supuso el lanzamiento de las bombas y el combustible consumido, pero era imperioso alcanzar territorio propio antes de que amaneciera si no querían verse de nuevo bajo el fuego enemigo. Pero a pesar de ello, hacia las 03:45 el dirigible empezó a perder de nuevo altitud y a inclinarse por la popa porque las fugas de hidrógeno aumentaban peligrosamente. 


A trancas y barrancas y a base de soltar todo aquello que fuera prescindible, hacia las 04:30 horas lograron aproximarse a la base, pero la inclinación del dirigible hacía imposible un aterrizaje así que Kleinschimidt optó por desviarse hacia Walberberg, una población situada a unos 15 Km. al sur de Colonia que vemos en el círculo rojo. Al oeste de la ciudad se aprecia una mancha más oscura que es el bosque situado al oeste de la misma contra el que ordenó chocar la nave para amortiguar el impacto con las ramas de los árboles, pero no sirvió de nada porque el dirigible sufrió daños de gran importancia. Con todo, a las 05:00 horas, el Lz 21 había logrado finalmente tocar tierra sin que la tripulación sufriera daños. Por fin en casa, carajo. No creo que ninguno de ellos olvidara esa noche en sus puñeteras vidas.

En fin, así fue como se llevó a cabo el primer bombardeo estratégico de la historia. Como hemos visto, no fue precisamente una misión aburrida y rutinaria, sino que se vio envuelta en tintes épicos. En cuanto al LZ 21, a pesar de los esfuerzos de Kleinschmidt por hacerlo llegar a salvo su reparación era inviable, por lo que fue desguazado. Por sus méritos le fue concedida la Ehrenbecher fürerfolgreiche Angriffe aus der Luft, frase impronunciable por un buen cristiano que viene a significar Copa de Honor para los ataques exitosos desde el aire. Este trofeo era una variante de la Ehrenbecher für den Sieger im Luftkampf  (Copa de Honor al Vencedor en Combate Aéreo) la cual se entregaba a los pilotos u observadores cuando lograban su primer derribo, si bien en este caso era una distinción destinada exclusivamente a los tripulantes de los dirigibles y que podemos ver a la derecha. En la cartela inferior se ponía el nombre de la acción o el lugar donde se había llevado a cabo. En cuanto al resto de la tripulación, les endilgaron una Cruz de Hierro de 2ª clase que les debió saber a gloria y cuya cinta lucirían orgullosos en el segundo ojal de la guerrera, lo que les garantizaba mogollón de invitaciones a cerveza y tabaco del bueno cuando fuesen a casa de permiso y, naturalmente, algún que otro restregón, que las féminas siempre se han emocionado mucho con los ciudadanos valerosos que ganan medallas. Por cierto, a pesar de las palmaditas en el lomo y las condecoraciones, igual que a las víctimas de Lieja le cupo el honor de ser los primeros muertos en un bombardeo aéreo, al LZ 21 le fue concedido el ser la primera aeronave de la historia derribada en combate por fuego antiaéreo.

La enésima postal de propaganda con el LZ 21 como protagonista
sobre la vapuleada Lieja
Bueno, esta fue la historia. A modo de reflexión final, no puede uno dejar de asombrarse de como la obcecación y el afán destructivo del hombre le permiten, paradójicamente, alcanzar los mayores logros independientemente de que a posteriori estos reviertan en una faceta pacífica. El LZ 21 fue el Enola Gay de la Gran Guerra, e inauguró un empleo táctico del arma aérea que hasta poco tiempo antes se consideraba como la más vil aberración bélica. Sin embargo, hombres como el mariscal sir Arthur Harris o el general Leslie Groves  la llevaron a su máximo desarrollo, provocando matanzas impensables que, para colmo, no sirvieron de nada porque, en realidad, los bombardeos estratégicos nunca han conseguido sus objetivos. Ni los llevados a cabo por los alemanes en Varsovia, Londres o Coventry mermaron un ápice la voluntad de sus habitantes, ni tampoco los apocalipsis de fuego con que los british (Dios maldiga a Nelson) y los yankees asolaron Colonia, Hamburgo o Dresde quebrantaron la resistencia de los tedescos. Solo las dos bombas arrojadas sobre un Japón prácticamente derrotado y punto de rendirse terminaron de convencer a Suzuki de que proseguir la guerra carecía de sentido, pero esta fue la excepción, no la regla. Desde aquel 6 de agosto de 1914 hasta ahora han pasado 103 años, y no tengo noticia de una sola guerra en las que los bombardeos estratégicos hayan doblegado a la población civil. Antes al contrario, solo han servido para encastillar a la gente y para redoblar sus esfuerzos y su capacidad de resistencia. Han producido cientos de miles de víctimas inútiles porque el hombre, igual que es capaz de llevar a cabo las salvajadas mas inimaginables, también está poseído de una voluntad granítica cuando se le mete en la cabeza resistir a ultranza, y eso lo vemos a diario.

Bien, ya seguiremos con este tema que es asaz interesante y, sin embargo, bastante desconocido.

Hale, he dicho

Portada del diario Le Soir del 4 de agosto de 1914 en la que se protesta enérgicamente porque los malvados
súbditos del káiser han violado la neutralidad belga. No podían imaginar que dos días más tarde serían el banco de
pruebas de una nueva forma de guerra aérea, y menos aún que solo doce días después serían definitivamente
arrollados por el ejército imperial alemán, viéndose obligados a rendirse tras menos de dos semanas de lucha