lunes, 20 de noviembre de 2017

Atentados contra Hitler


Hitler pasando revista a una unidad del Leibstandarte. A su izquierda vemos el comandante de la división, el
SS-Obergruppenführer Josef Dietrich. A pesar de aparecer siempre rodeado de guardias, su seguridad dejaba
mucho que desear. Por desgracia, su suerte parecía que no le hacía precisar de protección alguna


Generalmente, cuando sale a relucir el tema de los atentados que sufrió el inefable Adolf casi todo el mundo levanta una ceja ante el plural. ¿Atentados?, preguntan un tanto perplejos, porque la mayoría piensa que solo tuvo uno, cuando el valeroso coronel Claus Schenk, conde von Stauffenberg casi logra mandar a hacer puñetas al incombustible führer en la sala de mapas de la Wolfsschance el 20 de julio de 1944. Sin embargo, la realidad es que ese atentado, aunque es el más famoso de todos, fue el último de los muchos que sufrió a lo largo de su vida. Obviamente, este resultó ser el más sonado ya que fue planificado y perpetrado por la élite del ejército alemán, un poco hartos de la abyecta tiranía nazi y, por qué no decirlo, ante la inminente derrota que se avecinaba y que dejaría Alemania convertida en un solar, como así ocurrió. 

Sala de mapas de la Wolfsschance tras el atentado del 20 de julio.
En esta ocasión se libró gracias a la robusta y gruesa mesa de roble
que le protegió de la explosión
Sin embargo, antes incluso de su ascenso al poder ya hubo probos ciudadanos anónimos que, viendo la trayectoria de nuestro hombre, decidieron por su cuenta que lo más recomendable para la humanidad era finiquitarlo antes de que la cosa llegase a mayores. Esto les honra sobremanera tanto en cuanto eran personas normales y corrientes, sin los medios ni el poder que tuvieron a su disposición todos los implicados en la Operación Walquiria, así que bastante mérito tuvieron solo por el hecho de intentarlo. Pero como ya vimos en la entrada que dedicamos al periplo militar del cabo Adolf, parece que la Providencia había tocado con el dedo a este nefasto personaje ya que no solo salió vivo tras cuatro años de guerra, sino que también logró esquivar de forma sorprendente y totalmente inconsciente los peligros que se fueron cerniendo sobre su persona a lo largo de su mandato. 

Cartel callejero en el que se anuncia un
mitin de Hitler en febrero de 1925 en
la Bürgerbräukeller de Munich
De hecho, el primer atentado lo sufrió nada más meterse en política, concretamente en noviembre de 1921 y en una sala atestada de público entre los que había unos 300 miembros de los partidos comunista y socialista dispuestos a chafarle el discurso. Hitler, con su habitual verborrea agresiva y grandilocuente los provocó con un venenoso alegato contra los hipotéticos asesinos de Erhard Auer, jefe de la mayoría socialista del Reichstag un mes antes, el 25 de octubre. De momento se organizó una trifulca fastuosa en la que los guardias de corps de Hitler, sus SA leales hasta la muerte, las pasaron canutas para contener aquella masa cabreada mientras llegaba la policía. La cosa acabó a tiros incluyendo los que disparó el mismo Hitler, que siempre acudía a sus mítines armado con una pistola por si acaso. Al final la cosa no pasó a mayores a pesar de que el local quedó patas arriba, con más de 150 jarras de cerveza partidas en los cráneos del personal y el mobiliario hechos añicos, pero fue el primero de los muchos intentos que hubo para quitarlo de en medio. En 1923 tuvo otros dos más, uno en Turingia y otro en Leipzig cuando unos desconocidos dispararon contra él pero, como está mandado, sin acertarle. No se pudo detener a los aspirantes a asesinos. 

Aspecto del interior del Sportpalast durante un mitin de Hitler
Otro caso que es una preclara muestra de la inmensa potra que tenía este hombre lo tenemos en el intento por parte de un miembro de las SS en el Sportpalast de Berlín. El traidorzuelo planificó un atentado que no podía fallar, colocando  una bomba bajo la misma tribuna donde Hitler largaría uno de sus berreantes discursos. Aprovechando su cercanía a la misma, en el momento adecuado prendería la mecha y el belicoso führer saltaría hecho pedazos. Hitler llega al Sportpalast rodeado de sus pelotas, todo su séquito se acomoda en la tribuna y, mientras algunos gerifaltes del partido llevan a cabo la habitual introducción al discurso del führer, al SS conspirador, quizás por los nervios, le entra un retortijón que le obliga a salir echando leches al servicio a aliviarse los intestinos. No le preocupa demasiado porque sabe que los discursos de presentación duran lo suyo, y los de Hitler aún más, así que se marcha a los aseos del local a toda prisa. Pero el destino nuevamente se puso de parte de Adolf, porque cuando el SS quiso salir del retrete se estropeó el picaporte de la puerta y se quedó encerrado sin que pudiera salir hasta que terminó el mitín. Ya es tener suerte, ¿no? Lo nunca visto: salvarse por una cagalera del asesino.

Hitler solía desplazarse en coche de una ciudad a otra para
acudir a sus movidas. De hecho, le apasionaban los
automóviles y hasta era un verdadero entendido en el tema
En 1932 tuvo otro tres atentados más, y eso que aún no era el mandamás supremo. El primero tuvo lugar el 15 de marzo, cuando viajaba en tren desde Munich a Weimar. En un punto del trayecto fue tiroteado por unos desconocidos que, naturalmente, pudieron escapar sin problemas mientras que el tren se detenía. En el mes de junio sufrió otro ataque, en esta ocasión viajando en su vehículo en la ciudad de Straslund. Un grupo armado se lió a tiros con el potente Mercedes en el que solía desplazarse, sin que en esta ocasión lograran tampoco rozar siquiera al afortunado Adolf. Un mes después y a falta de armas de fuego llegaron incluso a apedrearlo, también con nulos resultados ya que lo único que lograron fue producirle un pequeño rasguño en la cabeza. Es indudable que, ante tal cúmulo de atentados fallidos, hasta un ateo contumaz acabaría convencido de que era un protegido de Dios. 

La Bürgerbräukeller durante un mitin de Hitler. Aquello, más que una
cervecería, era un palacio de congresos. Tenía capacidad para 3.000
personas nada menos, y en su interior tuvieron lugar verdaderas batallas
campales hasta la subida al poder de Adolf en 1933
En fin, casos como estos tuvo muchos más que, al cabo, quedaron en intentos fallidos que, siempre que se pudo, fueron ocultados a la opinión pública porque, lógicamente, saber que al amado führer del Reich de los Mil Años estaban todos los días intentando quitarlo de en medio no era precisamente una propaganda que le favoreciera demasiado, así que, por norma, se corría un tupido velo para que no trascendieran los continuos intentos por acabar de una vez con el ciudadano Adolf. Sin embargo, hubo otros casos que, aunque también sin éxito, han podido ser "rescatados" del olvido ya que los conspiradores pudieron ser atrapados por la policía, y lógicamente no quedaron en simples ataques infructuosos llevados a cabo de mala manera aprovechando cualquier sitio adecuado para una emboscada callejera. Así pues, dedicaremos esta entrada a un peculiar intento de atentado que sufrió el ya canciller Adolf que, además, tuvo una serie de implicaciones de tipo diplomático muy irregulares ya que el que lo planificó ni siquiera era alemán. Pero, sobre todo, lo más significativo de esta historia fue la manifiesta incompetencia que mostró la policía alemana a la hora de prevenir los diversos intentos que el aspirante a asesino benéfico llevó a cabo para intentar culminar su proyecto, lo que en parte desmonta el mito de la implacable eficacia de las diversos cuerpos policiales tedescos. Dicho esto, al grano...

Maurice Bavaud. Viéndolo, cualquiera diría que
era incapaz de matar a una mosca
Bien, nuestro hombre era un ciudadano suizo de la zona francófona por nombre Maurice Bavaud, nacido en 1916 en Neuchâtel en el seno de una familia de clase media católica hasta el tuétano. Tanto es así que, tras llevar a cabo sus estudios convencionales, en 1935 decidió ingresar en un seminario, concretamente en la École Saint-Ilan Langueux en St. Brieuc, en Bretaña, donde al cabo de cuatro años sería teóricamente ordenado sacerdote. Como vemos, un perfil un tanto peculiar para un futuro magnicida. Sin embargo, en dicho seminario conoció a un tal Marcel Gerbohay, un sujeto bastante extraño, posiblemente esquizofrénico y que aseguraba que descendía de la familia Románov, por lo que no solo odiaba profundamente a Stalin en particular y al comunismo en general, sino que también pensaba que Hitler era culpable de que el padrecito Iosif se mantuviera en el poder por no haber atacado a la Unión Soviética nada más ser nombrado canciller. Gerbohay, carismático y persuasivo como suele ser habitual en este tipo de chalados, rápidamente se hizo con una pequeña corte de fieles seguidores que bautizó pomposamente como la "Compagnic du Mystère", la Sociedad del Misterio, entre los que se encontraba, como no, Maurice Bavaud.

El seminario de Saint-Ilan actualmente
La Sociedad del Misterio era el típico grupúsculo estudiantil que se dedicaban a perder el tiempo en interminables debates chorras en vez de a estudiar, manteniendo apasionadas discusiones acerca de lo malvado que era Stalin, lo perverso del comunismo y lo blandengue que había sido Adolf por no haberles metido mano en seguida. Además, a Bavaud, como buen meapilas y de ideas más bien de extrema derecha, le preocupaba sobremanera el hecho de que el nazismo era una ideología neo-pagana que, además, perseguía a los buenos católicos que osaban enfrentarse al régimen. La conclusión final es que como Stalin les pillaba un poco lejos, lo mejor era liquidar a Hitler ya que, según Gerbohay, su muerte favorecería el retorno al poder de los Románov de los que decía descender. Parece ser que dentro del pequeño grupo de seminaristas se estableció una relación bastante, digamos, especial, entre Bavaud y Gerbohay, afirmándose incluso que pudo tener incluso connotaciones de tipo homosexual en base al apasionado tono que empleaban en su correspondencia, mucho más afectivo que el habitual entre amigos íntimos. Sea como fuere, eso no se probó nunca si bien sí se sabe a ciencia cierta que el estado mental del pseudo-románov no era precisamente equilibrado, y que le daban a veces unos avenates que obligaban a enviarlo a un sanatorio mental para que se recuperase. En definitiva, estaba como una cabra, y lo peor es que convenció al memo de Bavaud para que fuera a matar a Hitler, al que consideraba un anticristo, una encarnación de Satán y, para colmo, el supuesto culpable de que Stalin siguiera mangoneando en el Kremlin.

Primera edición del Mein Kampf de 1925. Al principio se
vendía más bien poco, pero con la llegada de Hitler al
poder se convirtió en un nº 1 en ventas. Solo en 1933 se
vendieron un millón y medio de ejemplares
La cosa es que a Bavaud le comió el coco a base de bien. Cuando llegaron las vacaciones estivales de 1938 volvió a su casa para empezar a preparar el atentado, poniéndose a aprender alemán a toda prisa para poder desenvolverse en Alemania. Además, se empolló el Mein Kampf de cabo a rabo para hacerse pasar por un nazi solvente, y cuando consideró que ya estaba capacitado para hacer frente a su reto de largó en busca de su glorioso destino. El 9 de octubre se marchó de casa dejando una nota diciendo a la familia que no se preocupasen, lo que generalmente suele preocupar bastante a los destinatarios de ese tipo de mensajes, y no sin antes trincarle a su venerable padre 600 francos suizos para poder desenvolverse en Alemania. Para no llegar sin saber cómo y dónde moverse se trasladó a Baden-Baden, donde tenía unos parientes lejanos que, aunque lo acogieron en su casa, no les hizo ni pizca de gracia la llegada repentina de Bavaud. Parece ser que el principal motivo de recalar en casa de estos parientes era que uno de ellos, concretamente su primo, un tal Leopold Gutterer, tenía un cargo de importancia en el Ministerio de Propaganda, y que a través de él podría acercarse a su objetivo. Sin embargo, Leopold se olió algo raro y no quiso saber nada de su primo, e incluso informó a la Gestapo local para que lo investigasen, cosa que por cierto no hicieron. Total, que a la vista de que sus parientes no iban a facilitarle su proyecto optó por largarse a Berlín, donde habitaba su presa.

Pistola Haenel Schmeisser. Con un cargador para seis
cartuchos calibre 6,35 mm. no valía para mucho más
que para despachar a un cuñado a medio metro de distancia
Camino de la capital hizo escala en Basilea, donde adquirió el arma homicida, una pequeña pistola Haenel Schmeisser modelo 1 de calibre 6,35 mm., lo que denota que el magnicida en ciernes no tenía ni idea de qué iba el tema porque ese tipo de pistolas, muy útiles como armas de autodefensa por su pequeño tamaño, sólo eran verdaderamente válidas para disparar a distancias muy cortas. Su calibre, de escasa potencia, y su cañón corto no eran los más adecuados para abatir a un hombre situado más allá de 5 ó 10 metros. En definitiva, sólo le resultaría útil si podía acercarse a Hitler para dispararle a bocajarro, así que tendría que planear la forma de aproximarse a un hombre que, por norma, siempre que aparecía en público estaba rodeado de guardias de las SS, de su corte de pelotas y demás gerifaltes y, sobre todo, del público fanatizado que asistía en masa a sus apasionados discursos sobre lo fabulosa que era Alemania, lo guays que eran los arios y que en breve serían los amos del mundo.

Entrada al Berghof. Para llegar hasta ahí había que pasar por varios
controles vigilados por tropas de las SS
El 21 de octubre llegó a Berlín y, como si un ángel de la guarda satánico o algo por el estilo guiara los pasos del führer, comenzó una peculiar persecución en la que Bavaud no paraba de seguirle la pista de forma infructuosa. Vean, vean... Nada más llegar a la capital y buscar alojamiento, empezó a indagar como poder aproximarse a su objetivo pero, mira por donde, tras estar vigilando la cancillería para controlar sus horas de llegada y salida se entera de que se había largado a Berchtesgaden, a 550 km. de allí. Echando maldiciones bíblicas se puso en camino a los Alpes Bávaros, y cuando llegó se enteró de que se había marchado a Munich. Es evidente que la voluntad de Bavaud era férrea, porque cualquier otro le habría hecho dos higas a Hitler y se habría vuelto a su apacible seminario a seguir escuchando las chorradas del pirado de Gernohay. Pero, en vez de eso, prefirió quedarse por la zona para estudiar las medidas de seguridad del Berghof, el cuartel general de Hitler en Berchtesgaden. Además, aprovechando la inmensidad de los bosques de la zona, decidió entrenarse un poco con su pistolita, llegando a la conclusión de que, en efecto, era incapaz de acertarle a algo del tamaño de un hombre a más de 5 metros. 

La procesión muniquesa que celebraba el fallido Putsch. Al frente vemos
a Streicher seguido de Grimminger portando la Blutfahne. Detrás, más al
fondo, se atisba a Hitler con Göring a su derecha. En los pebeteros
que se ven a los lados de la calle se ponían los nombres de los caídos del
partido a modo de homenaje
Con todo, tuvo suerte porque conoció de forma casual a un policía, un tal Karl Deckert, al que le cayó en gracia el supuesto fervor nacionalsocialista de aquel joven de aspecto pulcro y tan educadito que tanto ansiaba ver al excelso führer de cerca. Así pues, sin pararse a pensar que igual le estaba tomando el pelo o que podía ser, como en efecto era, un conspirador, le informó que la mejor ocasión sería entre los días 8 y 9 de noviembre en Munich, fecha en la que se celebraba el fallido Putsch de 1923 que acabó con Hitler, Rudolf Hess, Emile Maurice y demás colegas en la cárcel de Landsberg por golpistas. Estaba claro que esa sería la ocasión perfecta ya que Hitler se desplazaría a pie desde la  Bürgerbräukeller, la famosa cervecería donde se gestó el golpe, hasta el Feldherrnhalle, donde el ejército paró en seco la intentona a tiro limpio y donde los nazis obtuvieron sus primeros mártires. La comitiva iría encabezada por Julius Streicher, Gauleiter de Nuremberg y editor del furibundo periódico anti-semita Der Stürmer, seguido por el omnipresente Jakob Grimminger, el sempiterno portador de la Blutfahne, la Bandera de Sangre, manchada con los hematíes de los caídos durante el Putsch y que era el más valioso símbolo del partido.

Otra foto de Hitler durante la procesión anual de Munich
A base de dar la murga y haciéndose pasar por un corresponsal de prensa suizo logró una localidad en una tribuna preferente, lo que denota una vez más la incompetencia de la policía ya que ni siquiera le pidieron algún tipo de acreditación. Bavaud, que evidentemente tenía la jeta de cemento armado, logró el pase y desde primera hora del día 9 de noviembre ya estaba en su sitio, esperando la llegada de la comitiva. Tras un buen rato de espera, ya que la procesión se detenía cada dos por tres para llevar a cabo los diversos honores previstos, por fin tuvo a Hitler ante él. Pero, una vez más, el destino estaba a su favor. Empuñando la pistola en el bolsillo de su abrigo, vio que sería imposible acertarle. Hitler caminaba por el lado opuesto de la anchurosa calle flanqueado por Himmler y Göring y, para colmo, la llegada del führer hizo que una masa de brazos se levantasen de golpe. La multitud, totalmente volcada con el canciller, hacía el Hitlergruß, el saludo a Hitler, por lo que intentar disparar entre aquel bosque de brazos era totalmente imposible. In extremis, pensó en abalanzarse contra él y dispararle a quemarropa, pero el férreo cordón de seguridad se lo impediría, así que optó por batirse en retirada con la moral bastante decaída por el enésimo fracaso. El puñetero Hitler se le antojaría inalcanzable. 

Postal en color del Berghof en su época dorada. Enclavado en el corazón
de los Alpes bávaros, era un lugar de ensueño con unos paisajes de esos
que solo salen en las películas de Heidi
Pero no era Bavaud un hombre que se viniese abajo así como así. Antes al contrario, y considerando que su misión era salvar al mundo de aquel retoño del Maligno, ideó una treta tan absolutamente chorra que casi le salió bien. Tomando papel y pluma escribió una supuesta carta de presentación en la que un hipotético ex-ministro francés lo recomendaba al mismísimo führer. Y como Hitler se había largado de nuevo al Berghof, pues allá que tuvo que dirigirse. El día 10 por la tarde estaba en el primer puesto de control con la puñetera carta, diciendo al centinela que se la tenía que entregar personalmente al führer. Y el centinela, en vez de indagar quién leches era aquel desconocido y quién puñetas era el que firmaba la carta, pues le dijo que podía pasar, pero que se olvidase de ver a Hitler porque había vuelto a Munich. Este hombre viajaba más que un vendedor de mantas zamoranas, pero Bavaud siguió en sus trece y, por lo que vemos, sus fracasos solo servían para estimularlo aún más.

La Braunes Haus, la Casa Parda, en Munich. Este ostentoso edificio, que
había sido propiedad de un empresario británico por nombre William
Barlow, fue vendido por su viuda al NSDAP en 1930. Durante la guerra
sufrió graves daños durante los bombardeos hasta que quedó destruido
De vuelta a Munich redactó otra carta, esta vez escrita a máquina, en la que el firmante sería un líder nacionalista francés por nombre Pierre Taittinger, con la que se presentó en la Casa Parda, el cuartel general del partido en Munich, contando la misma historia de que debía entregarla en persona. Pero Hitler no estaba (qué raro, ¿no?), y un amable funcionario le dijo se fuese olvidando de ser recibido personalmente por el führer, pero que no se preocupase, que él mismo se la entregaría o bien que la mandase por correo. En esta ocasión, nadie se molestó tampoco en verificar la autenticidad de la carta, y mucho menos la identidad del supuesto recomendado. En definitiva, que si Hitler no hubiera tenido la suerte que tuvo y solo hubiese dependido de su sistema de seguridad se lo cargan, fijo. Pero aún lo volvió a intentar aquel mismo día, tomando un tren que lo llevase de nuevo a Berchtesgaden, donde llegó bien entrada la noche y prácticamente sin dinero ya que de lo poco que le quedaba de los 600 francos con que salió de su casa se lo había gastado casi todo en el billete de tren. Siendo de noche daba por sentado que sería absurdo presentarse, así que se le desplomó su monolítica voluntad y se rindió porque, para colmo, se había caminado los 10 km. que había desde la estación al Berghof para nada. Así pues, decidió que su sacrosanta misión acababa de irse al carajo y decidió volver a casa.

Cuartel general de la Gestapo en Berlín, en la tristemente famosa
Prinz Albrecht Straße número 8. Por ahí lo mejor era no pasar ni para
ir a cobrar un décimo premiado de la lotería
Francamente, no creo que haya habido en la historia tantas intentonas fallidas, pero nuestro hombre llegó al límite habiendo tenido una única posibilidad que, como hemos visto, era totalmente inviable. Sea como fuere, la cosa es que sus últimas monedas las gastó en el billete para volver a Munich y, desde allí, coger los trenes necesarios por la cara intentando escaquearse de los revisores hasta llegar a París para retornar al seminario de donde nunca debió salir. Pero aquí empezaron a torcerse las cosas porque en Ausburgo le pidieron el puñetero billete, así que el revisor avisó a la policía que, al cachearlo, le encontraron la pistola. El muy idiota, en vez de deshacerse de ella ya que no le serviría de nada, la conservó, así que lo pusieron en manos de la Gestapo porque eso de ir por el Reich armado sin licencia estaba muy feo. Si no hubiese llevado encima la Schmeisser simplemente lo habrían echado del tren y santas pascuas. Pero estaba claro que mientras la diosa Fortuna favorecía a su aborrecido Adolf, a él le volvía la espalda cada dos minutos.

Con todo, la Gestapo tampoco sospechó nada raro entre otras cosas porque Bavaud, que debía tener un pico de oro, les largó una apasionada filípica sobre lo maravilloso que era el nacionalsocialismo, así que se limitaron a enviarlo a juicio a principios de diciembre acusado de tenencia ilícita de armas y por viajar sin billete, lo que se habría saldado con una pena menor. Pero cuando la Gestapo recuperó el equipaje que había abandonado en la pensión de Munich donde se había alojado e inspeccionaron el contenido empezaron a saltar todas las alarmas. Aparte de una caja de munición, había un mapa de Munich y otro de  Berchtesgaden lleno de anotaciones que delataban claramente a nuestro hombre. Aunque inicialmente intentó hacerse el loco, en cuanto le apretaron las clavijas y le dieron de palos cantó de pleno. Así pues, en febrero de 1939 lo acusaron formalmente de intentar asesinar al führer, y aquello ya era muy gordo. Fue trasladado a Berlín para ser procesado, y las cosas no pintaban nada bien para nuestro voluntarioso aspirante a héroe mundial.

Hans Fröhlicher, el timorato embajador suizo
Y aquí es cuando tuvieron lugar una serie de ignominiosos hechos por parte del embajador suizo, Hans Fröhlicher, que no solo se negó a prestarle asistencia jurídica, sino incluso a intercambiarlo por un agente de tercera categoría que tenían encarcelado en Suiza tal como le ofreció la misma Gestapo. De hecho, ni siquiera se molestó en informar a la familia de Bavaud de lo que estaba ocurriendo. Y mientras tanto, la Gestapo intentaba por todos los medios sonsacarle al desdichado Bavaud si había alguien más en el ajo, y cuando a esos cafres se les metía algo en la cabeza sabían sacar información hasta de un adoquín de acera. Sin embargo, finalmente se convencieron de que había actuado solo. Fue juzgado en secreto por un tribunal popular el 8 de diciembre de 1939, siendo condenado a muerte, cosa que estaba cantada desde el primer momento. No obstante, su abogado de oficio, Franz Wallau, tuvo la valentía de pedir la absolución ya que, al cabo, ni siquiera había llegado al intento material del magnicidio, alegando además que planear algo no era en sí un delito, pero fue inútil. Su suerte estaba echada.

Entrada de la siniestra prisión de Plötzensee, en cuyo interior fueron
ejecutadas miles de personas bajo el régimen nazi, desde aristócratas
y militares de alto rango a simples delincuentes comunes de la más baja
estofa. Era uno de los símbolos de la represión del régimen
Maurice Bavaud fue enviado a la Todeshaus (la Casa de la Muerte) de la siniestra cárcel de Plötzensee, en Berlín, y aunque la ejecución estaba prevista para enero de 1940, aún tuvo que esperar varios meses ya que, al haber estallado la guerra, a la Gestapo le dio por investigar si el complot de Bavaud podría estar promovido por alguna potencia extranjera. Tras interminables interrogatorios llegaron a la misma conclusión anterior, que había actuado por su cuenta. Finamente al amanecer del 14 de mayo de 1941 fueron a buscar al reo a su celda, donde previamente le había rapado el pelo del cuello. A continuación fue conducido con el torso desnudo hasta la siniestra guillotina metálica de Plötzensee, donde fue decapitado. Pero la cosa no quedó ahí. Cuando Francia fue ocupada, la Gestapo, que no olvidaba absolutamente nada, interrogó a los compañeros de seminario de Bavaud, poniendo especial interés en Marcel Gerbohay que, al cabo, en cierto modo había sido el instigador de toda aquella trama. Delatado por la correspondencia que se halló en el equipaje de Bavaud, fue detenido el 1 de enero de 1942 en Pacé, donde vivía su madre. El 11 de enero del siguiente año fue juzgado por instigador y condenado a muerte en Berlín, siendo también ejecutado en la guillotina de Plötzensee el 9 de abril. Por cierto que este peculiar sujeto, tras haber repetido mil veces que descendía de los Románov, cambió de discurso para afirmar que en realidad era un hijo bastardo del general De Gaulle. 

La guillotina de Plötzensse. Acojona una
burrada, ¿que no?
Tras la guerra, la familia de Bavaud solicitó la nulidad del proceso ya que, al cabo, su intento de matar a Hitler había pasado de ser un delito a un acto heroico. Así pues, en 1956 nuestro hombre fue legalmente absuelto por el gobierno de la República Federal Alemana y pagaron a la familia una indemnización de 40.000 francos suizos. Sin embargo, el gobierno de Suiza tardó 50 años en admitir que su embajador no solo no había actuado conforme era su deber, prestando todo tipo de ayuda a un súbdito suizo retenido en un país extranjero, sino que se negaron a aceptar el trueque por el agente alemán que le habría salvado la vida. No fue hasta noviembre de 2008 cuando Pascal Couchepin, presidente de Suiza, lo declaró un héroe y hasta le levantaron un monumento en Hauterive, en Neuchätel, la comuna natal Maurice Bavaud. Para que luego digan que los suizos son muy legales y tal...

Bueno, así fue este curioso intento de atentado contra el ciudadano Adolf que, seguramente, era desconocido para muchos de Vds. Aprovechen la ocasión para contarlo al cuñado que ha visto 16 veces la peli esa de Tom Cruise en la que hace de von Stauffenberg y lo dejan planchado para al menos un mes o dos.

Ya seguiremos, porque este fue uno de los muchos atentados que tuvo el puñetero Adolf, y no hubo forma de cargárselo al muy hideputa.

Hale he dicho

Monumento erigido en Hauterive en honor de Maurice Bavaud en 2011, obra de Charlotte Lauer. Para tardar lo que
tardaron en reconocerle al hombre el mérito ya podrían haberse esmerado un poco más y poner algo más heroico que un
palo de piedra de 5 metros de altura que parece un mondadientes gigante, carajo

jueves, 16 de noviembre de 2017

El Winchester del contrato ruso


Tropas rusas armadas con el Winchester modelo 1895

Obviamente, obtener un contrato por parte de un ejército compuesto por millones de probos ciudadanos dispuestos a palmar por la Patria como auténticos y verdaderos héroes es un chollo de antología. Uno de los más recientes fue el que obtuvo la firma italiana Beretta para sustituir las venerables Colt 1911 A1,  que tenían más tiros dados que una escopeta de feria, por una pistola moderna conforme a los requerimientos de la OTAN. De hecho, creo que los de la Beretta aún se están recuperando de la monumental cogorza que trincaron para celebrar que ganaron el concurso, y eso que han pasado ya casi 30 años del feliz evento. Así pues, lograr un contrato con un ejército como el ruso tampoco eran para hacerle ascos ya que, debido a su escasa capacidad industrial a principios del siglo XX, tenían verdaderamente complicado suministrar armas a su ejército a pesar de haber diseñado uno de los fusiles más robustos y fiables del momento, el Mosin Nagant modelo 1891 que, aunque con un acabado burdo y sin los refinamientos propios de un arma tedesca, funcionaba de maravilla. 

El fusil Krnka 1867 con su bayoneta
La modernización del ejército zarista tuvo lugar durante el último cuarto del siglo XIX. Por aquella época el fusil reglamentario era el Krnka modelo 1867, un arma de avancarga de seis líneas (es decir, calibre .60) fabricada en 1857 y reciclada en un sistema de retrocarga parecido al Snider, o sea, un arma monotiro. En sí, era un sistema bastante simple ya que consistía en una trampilla lateral que actuaba de cierre girándola hacia el lado derecho una vez introducido el cartucho. A continuación se amartillaba y listo. Su calibre, como era habitual en la época, no era precisamente escaso ya que disparaba un cartucho de 15,24x40R, es decir, que te metían en el cuerpo una bala de más de centímetro y medio de diámetro con unas consecuencias fisiológicas de lo más desagradables. Sin embargo, la escasa longitud de la vaina, apenas 7 mm. más que la de un .45 Colt, no le permitía contener una carga de proyección capaz de darle un alcance más allá de lo meramente razonable. Con todo, el Krnka era un arma de buena calidad, y las modificaciones llevadas a cabo en el arsenal de Tula para intentar alargar su vida operativa fueron igualmente válidas pero, para su desgracia, en breve estarían más trasnochados que Drácula.

Winchester modelo 1866 en su versión como fusil. En el detalle inferior
vemos un cartucho del .44 Henry y una vista de su culote que, como se
aprecia, carece de pistón por ser de fuego anular
Y la prueba de que deberían ir pensando en cambiar de fusil reglamentario les surgió durante la breve guerra que mantuvieron con los turcos entre 1877 y 1878. Los otomanos habían adquirido en 1870 una partida de Winchesters modelo 1866, concretamente 15.000 fusiles y 5.000 carabinas, ambos en calibre .44 Henry, un cartucho de fuego anular que no ofrecía unas prestaciones lo que se dice asombrosas, sino más bien lo contrario. Sin embargo, los turcos supieron hacer un uso inteligente de estas armas ya que conservaron sus Peabody-Martini monotiro para ofender al enemigo a distancia, y cuando lograban avanzar hasta unos 180 metros cambiaban de arma y escabechaban bonitamente a los hijos del padrecito Alexander Nikoláyevich Románov, más conocido como Alejandro II por estos pagos. Los 15 cartuchos de capacidad del cargador de estas armas proporcionaba una potencia de fuego nunca vista en aquel momento por aquellas latitudes. El culmen llegó durante el sitio a Plevna donde, el 11 de septiembre de 1877, los turcos les dieron las del tigre a los rusos y rumanos que emprendieron un asalto contra las defensas enemigas y, aunque tanto el asedio como la guerra acabaron en una victoria rusa, la desproporción de bajas fue en muchos casos abrumadoramente favorable a los turcos. De hecho, solo en los dos primeros meses de asedio los rusos contabilizaron 20.000 bajas, mientras que los turcos apenas 5.000.

Estos hechos convencieron al gobierno ruso de que era vital acometer una profunda modernización en lo tocante al armamento de la infantería, dando lugar a la creación del Mosin Nagant, del cual ya hablamos hace unos meses en lo tocante a su versión para francotirador si bien ya se les dedicará una entrada más amplia en su momento.


El general Suhomlinov
El estallido de la Gran Guerra puso en armas a un descomunal ejército de tres millones de hombres que, en aquel momento, el estado era literalmente incapaz de armar. De hecho, tuvieron que echar mano a los viejos Krnka y a fusiles sistema Berdan que quedaban en los almacenes porque, simplemente, no había suficientes fusiles para todos. Un ejemplo de la inquietante escasez de armas fue la batalla de Tannenberg (26-30 de agosto de 1914), en la que la mitad de las tropas rusas entraron en combate desarmadas, a la espera de que sus camaradas fuesen palmando para disponer de un fusil. De hecho, un ejército alemán de unos 165.000 hombres le dio las del tigre al de más de 415.000 puesto en liza por los rusos. Patético, ¿que no? Obviamente, semejante carestía había que solucionarla cuanto antes, pero la industria bélica rusa no daba más de sí y, por otro lado, los principales aliados de Rusia, Francia e Inglaterra, no daban abasto para suministrar a sus propias tropas, así que hubo que recurrir a proveedores procedentes de países neutrales dispuestos a dar un pelotazo de antología porque un pedido para un ejército como el ruso alegraría la existencia de cualquier representante de ventas. 


Naturalmente, el pésimo estado de la intendencia y la logística del ejército debía tener un culpable, y era hora de que rodaran cabezas. Y la primera que cayó fue la del general y ministro de la Guerra Vladimir Aleksandrovich Suhomlinov, al que en junio de 1915 mandaron a hacer gárgaras por incompetente y al que culparon de todo lo habido y por haber, ya fuese el responsable o no. Ya sabemos que, en esos casos, todo el mundo hace leña del árbol caído para escaquearse. Su sucesor fue el general Alexei Andreyevich Polivanov (foto de la izquierda), sobre el que recayó la descomunal tarea de reorganizar las desastrosas infraestructuras del ejército imperial. En todo caso, a finales de 1914 el defenestrado Suhomlinov ya había empezado a hacer gestiones para la adquisición de armas en terceros países. Curiosamente, Polivanov tampoco acabó de buena manera a pesar de su esfuerzo porque la zarina puso especial empeño en quitarlo de en medio. Al parecer, Polivanov no estaba nada conforme con que el zar, cuya experiencia militar era nula, se pusiera como era su intención al frente de las tropas. Obviamente, para la zarina Alejandra que alguien fuese un obstáculo para su idolatrado Niki era la mejor forma de convertirse en su enemigo mortal, así que logró que el zar mandara a paseo a Polivanov en marzo de 1916. Por cierto que debió sentarle fatal, porque cuando estalló la revolución se unió al ejército rojo.


Vista de una nave de la Winchester en 1912 que nos da una idea del nivel
y la capacidad industrial de la empresa en aquella época
Volviendo al tema que nos ocupa, en primer lugar se dirigieron a las firmas Remington y Westinghouse para que les fabricasen su Mosin Nagant reglamentario, pero eso no permitiría disponer de armas con la premura necesaria ya que ambas empresas debían preparar todo el utillaje necesario para ello. Así pues, lo más rápido era adquirir un arma que ya estuviese fabricada o, al menos, que pudiese suministrarse rápidamente con algunas modificaciones propias de un fusil destinado a uso militar. La empresa elegida fue la Winchester que, además de una consolidada reputación en la manufactura de armas de fuego, tenía la infraestructura necesaria para hacer frente a un cuantioso pedido de armas. El modelo elegido fue el 1895, un arma que había sido probada en combate ya que una partida de 10.000 unidades recamaradas para el 30-40 Krag, reglamentario en los Estados Unidos a finales del siglo XIX, fue encargada por el Secretario de Guerra en 1898. Y aquí procede abrir un paréntesis para dar algunos detalles sobre este modelo.


El 1895 fue introducido en el catálogo de la Winchester en junio de 1896, siendo el último modelo diseñado por el prolífico John Moses Browning, que lo patentó el 5 de noviembre de 1895 y que inicialmente estaba recamarado para el 30-40 Krag con vistas a hacerlo apetecible al ejército norteamericano. No obstante, tal como vemos en la ilustración de la izquierda, procedente de un catálogo de la época, también se fabricó en versiones de carabina y deportivo para su uso como arma de caza mayor. Además, se ofrecía en calibres .38-72 Win. y 40-72 Win. También se presentó en .236 US Navy para la Armada si bien no llegó a entrar nunca en producción ya que no recibió ningún pedido por su parte. Pero lo más significativo del modelo 95 es que fue el primero que no estaba provisto del típico cargador tubular propio de los rifles de palanca, lo que les permitía usar munición militar con bala puntiaguda. 


Esto, que puede parecer algo irrelevante, no lo era en modo alguno por una sencilla razón: si colocamos un cartucho de ese tipo con la punta de la bala apoyada en el pistón del que le precede, un golpe o incluso el mismo retroceso podría hacer que la bala se convirtiese en un percutor, detonando el cartucho anterior y produciéndose una reacción en cadena que dispararía toda la munición almacenada en el cargador. De ahí que, por ejemplo, el fusil Lebel, el único de cerrojo provisto de cargador tubular, tuviese que usar cartuchos con una acanaladura en el culote que permitiese desviar las puntas de las balas para que no se apoyasen en el pistón del cartucho que tenían delante. En la foto lo veremos mejor. El culote de la izquierda pertenece a un cartucho de 8x50 Lebel en el que se aprecia la acanaladura destinada a desviar la punta de la bala posterior, y a la derecha, a modo de comparación, un culote de un cartucho normal, en este caso el de un 8x57. Por ese motivo, las balas destinadas a rifles de palanca son por sistema de punta chata.


Vista interior del modelo 95 en la que apreciamos el sistema
de cierre y el sistema de elevación de los cartuchos
Por otro lado, los cargadores tubulares hacían la recarga muy lenta para un arma militar, por lo que el modelo 95 era especialmente atractivo con su cargador para cinco cartuchos mediante peines. Además, concretar que este postrero diseño de Browning estaba especialmente concebido para usar munición potente, lo que era imprescincible para un fusil destinado al ejército. El sistema de repetición por palanca no se distinguía precisamente por su solidez, y desde su invención se empleó con munición de potencia media. Sin embargo, el modelo 95 era capaz de resistir sin problemas cualquier cartucho de guerra de la época. Además, fue el primer modelo de la Winchester diseñado para resistir las elevadas presiones que producían las nuevas pólvoras sin humo, muy superiores a las de la pólvora negra empleada hasta la época. En cuanto a los sistemas de seguridad, este modelo carecía de seguro o, al menos lo que entendemos como seguro. Este se limitaba a una posición intermedia en el martillo, lo que permitía llevar el arma con un cartucho en la recámara sin peligro, bastando con amartillarlo para quedar listo para abrir fuego. En cuanto a la palanca, disponía de un sistema de bloqueo que impedía que se abriera como no fuese accionada de forma voluntaria por el que manejaba el arma. 


Así pues, y a la vista de que el modelo 95 era un buen candidato para proveer al ejército imperial, el ministerio de la Guerra ordenó que se hiciera un pedido inicial de 100.000 unidades recamaradas para el cartucho reglamentario ruso, el 7,62x54R, para lo cual hubo que acoplar un pequeño accesorio que podemos ver en la foto de la derecha. Consistía en dos pestañas atornilladas a cada lado del cajón de mecanismos, cada una con una acanaladura que servía de guía para introducir los peines de cinco cartuchos, los mismos que usaba el Mosin Nagant. Además hubo que añadir un anclaje para la bayoneta que, en este caso, no sería el modelo de cubo típico de los fusiles rusos.


Dicha bayoneta, que también fue fabricada por la Winchester, tenía una robusta hoja de 40,6 cm. de largo y la recorría una generosa acanaladura. La vaina, provista de botón, estaba fabricada de acero y estaba unida directamente al tahalí. Las 15.000 primeras unidades tenían la hoja más corta, concretamente la mitad, 20,3 cm., pero las restantes fueron como las que presentamos en la imagen. Por último, comentar que el alza estaba graduada en arshín (codo), una unidad de medida que se mantuvo hasta la adopción en Rusia del sistema métrico en 1924 y que equivalía a 70,12 cm., y que en la cantonera llevaba una trampilla circular deslizable para guardar los accesorios de limpieza.



En la foto superior vemos el modelo 95 tal como sirvió en Rusia y, como es evidente, se trataba de un arma con un aspecto espléndido que, gracias a su sistema de repetición, permitía incluso desencadenar una potencia de fuego superior al de los fusiles de cerrojo convencionales.


Bayoneta con hoja de 20 cm., demasiado corta para enfrentarse con
sus homólogas alemanas
Bien, explicadas grosso modo las principales características de este fusil, prosigamos con la gestación del contrato ruso. Como hemos anticipado, el primer pedido se efectuó el 13 de noviembre de 1914 por un total de 100.000 unidades a razón de 27 dólares la unidad que debían ser entregadas en enero del siguiente año, lo que nos da una idea de la urgencia por disponer de los nuevos fusiles. Sin embargo, cuando empezaron a recibirse las tan necesarias armas los funcionarios rusos no paraban de ponerles pegas de todo tipo para rechazarlas, principalmente achacadas a fallos de funcionamiento que, en realidad, se debían a la pésima calidad de la munición fabricada en Rusia. Con todo, la escasez de esta también era palmaria, por lo que el 10 de julio de 1915 el gobierno ruso encargó a la Winchester nada menos que 200 millones de cartuchos de calibre 7,62x54R por un importe de 36,50 dólares el millar. Finalmente, el 27 de agosto siguiente se ordenó un nuevo pedido de 200.000 unidades más del modelo 95. En total se hicieron entrega de 293.828 unidades: 104.404 en 1915 y 189.414 en 1916, mientras que las que desecharon los puntillosos e incompetentes funcionarios zaristas fueron revendidas y enviadas a Finlandia y a Letonia, así como puestas a la venta en el mercado nacional norteamericano.


Tropas rusas armadas con el modelo 95 bajo un ataque con gas. Obsérvese
como el segundo soldado por la izquierda está recargando su arma
introduciendo un peine
El resultado de la compra fue dispar. Sus enemigos, especialmente los austriacos, tuvieron ocasión de probar varias veces sus devastadores efectos pero, sin embargo, este tipo de arma no se mostró especialmente adecuada para los campos de batalla europeos, y menos aún en climas como el ruso. El primer inconveniente surgió por la acumulación de suciedad que se producía en las guías del cierre y el depósito de munición y, lo que era peor, el bloqueo de la gran cantidad de piezas móviles cuando las gélidas temperaturas invernales congelaban el aceite lubricante y hacía imposible abrir la palanca. Con todo, el jugoso contrato ruso palió en parte la desesperante carencia de armas del ejército ruso y, a pesar de los defectos mencionados, dieron un servicio aceptable si bien quedó claro que el sistema de repetición de cerrojo era mucho más adecuado. No obstante, tras la retirada de la guerra a raíz de la revolución bolchevique, los Winchester 95 siguieron funcionando en manos de los bandos implicados en la guerra civil que sumió al país.


Soldado finlandés armado con un Winchester 95 de
centinela en un campo de prisioneros de guerra rusos
durante la 2ª Guerra Mundial
La vida operativa de los Winchester del contrato ruso fue más allá de la reforma que se llevó a cabo en la década de los 30, cuando la capacidad industrial de la URSS permitió fabricar fusiles en cantidades masivas para todo el ejército. Diez mil unidades fueron vendidas al ejército republicano durante la guerra civil española, conservándose ejemplares en perfecto estado en algunos museos y colecciones particulares. Otros fueron revendidos al extranjero como surplus en los años 6o, convirtiéndose en codiciadas piezas de coleccionistas de todo el mundo.


Soldado ruso se rinde a un finlandés durante la Guerra de
Invierno Obsérvese el Winchester 95 sobre la nieve
En fin, así fue la historia de como casi trescientos mil fusiles made in USA acabaron sirviendo primero al ejército del zar para, posteriormente, ir a parar a manos tanto de bolcheviques como de rusos blancos e incluso a la contienda civil española. El montante del contrato ruso no fue precisamente una nimiedad ya que la venta de los fusiles fue de casi 8 millones de dólares, más los 7.300.000 dólares de la munición y las bayonetas, cuyo importe no me ha sido posible localizar. En fin, un verdadero pastizal ya que la cantidad de fusiles suministrados era equivalente a las ventas en todo el mundo de la firma Winchester durante todo el año 1914, incluyendo todos los modelos de su extenso catálogo.

Bueno, s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

martes, 14 de noviembre de 2017

Los primeros chalecos balísticos


Tommy preparado para un golpe de mano. Empuña
un mangual fabricado a nivel de unidad, y al cinto porta un
cuchillo de trinchera. En los bolsillos de su Chemico lleva
varias granadas Mills
Hace ahora un año (me acojona en grado sumo ver a la velocidad con que pasa el tiempo) dedicamos un par de entradas a estudiar la coraza Ansaldo y la Sappenpanzer alemana, chismes sacados del medioevo para proporcionar una protección razonablemente sólida al personal. Lógicamente, este tipo de corazas rígidas, pesadas y engorrosas como ellas solas, solo podían emplearse en circunstancias muy concretas como puestos de observación, centinelas, servidores de ametralladoras o artilleros. Salvo algún que otro intento por parte de las unidades de asalto, nadie estaba por la labor de ir cargando constantemente con semejante estorbo que, aunque protegía, limitaba los movimientos, ralentizaba la carrera y, al cabo, no garantizaba en modo alguno que su uso lo librase a uno de una muerte heroica. En resumen, este tipo de protección corporal no valía para llevarlo encima en todo momento como vemos que hacen los ejércitos modernos desde que, a raíz de la guerra de Vietnam, los yankees popularizaron el empleo de chalecos balísticos para intentar reducir de forma ostensible el numero de ataúdes envueltos en banderas que enviaban de vuelta a casa.

Está de más decir que la idea de crear defensas corporales que aminorasen el abrumador número de bajas que se estaban produciendo durante la Gran Guerra no solo preocupaba a los tedescos y a los italianos, sino también al resto de países en liza. Sin embargo, el concepto de defensa rígida no acababa de convencer a los que abogaban por algún tipo de protección válida para un uso constante, o sea, algo más ligero y que no entorpeciese los movimientos de una tropa que debía correr, saltar, arrastrarse y combatir en sitios tan desagradables como una trinchera atestada de enemigos deseando diseccionarles los intestinos con sus bayonetas. Por otro lado, las protecciones rígidas tenían un inconveniente añadido, y era que una bala o un casco de metralla podía sacarle esquirlas que, a su vez, se convertían en temibles proyectiles lanzados a toda velocidad contra axilas, cuello o ingles del personal con las consecuencias que podemos imaginar. Así pues se empezó a tomar cuerpo a la idea de una defensa no rígida que absorbiese la energía del proyectil y que lo fuese deteniendo gracias a sucesivas capas de tejido que lo "atrapase" entre sus fibras, de modo que sus efectos se viesen reducidos a un golpe más o menos fuerte y a lo sumo, una herida superficial. Lógicamente, esto solo podía suceder con munición de poca potencia o bien esquirlas de metralla y bolas de metralleros que llegasen desde mucha distancia pero, por otro lado, es evidente que si no se llevase ningún tipo de protección conservaban la energía suficiente para dejarlo a uno es un lamentable estado físico o incluso en ningún estado físico, uséase, más muerto que Carracuca.

Los primeros en llevar a cabo ensayos con protecciones de este tipo fueron los british (Dios maldiga a Nelson) si bien no a nivel militar, sino de la industria civil, desarrollando más de 18 tipos diferentes que iban desde protecciones flexibles, formadas exclusivamente por tejidos, a chalecos provistos de diversas placas de metal distribuidas en su interior. El primer intento lo llevo a cabo una firma radicada en Londres, la Munitions Inventions Board que, ya en fechas tan tempranas como 1915, diseñaron lo que ellos llamaban una "yielding armour" que podríamos traducir como "armadura de cesión" en referencia a que, como se comentó anteriormente, no pretendían detener en seco el proyectil, sino que el material cediera, absorbiendo al mismo tiempo su energía. Para entendernos, algo así como ocurre con las carrocerías de los coches modernos, que se chafan al atropellar a una vieja y quedan hechas una birria porque absorben los 40 kilos de la osamenta y el pellejo de la peatona octogenaria sin que los ocupantes del vehículo noten el impacto como si fueran en uno de aquellos coches de los años 50, provistos de una chapa que no la travesaba ni un cañón anticarro.

El invento en cuestión lo vemos en la ilustración de la derecha. Consistía en una prenda formada por un cuello muy alto que llegaba hasta el borde inferior del casco, protegiendo así el cuello y la nuca, y unas hombreras que cubrían el pecho y la parte superior de la espalda como si fuera la esclavina de un capote. Para fijarlo se abrochaba mediante unas correas de cuero por la parte delantera más otras dos que pasaban por las axilas. Si tenemos en cuenta que un 20% de las bajas se debían a heridas en la cabeza y el cuello y un 7,25% en el tórax, podemos suponer que una protección de este tipo rebajaría considerablemente el número de bajas por heridas en esas partes del cuerpo que, por lo general, solían ser mortales o de extrema gravedad ya que, no lo olvidemos, la cabeza contiene el cerebro, el cuello está lleno de arterias que si se rompen lo dejan a uno listo de papeles en dos minutos, y en el tórax está el corazón, esa cosa que últimamente se le para de golpe y sin previo aviso a mucha gente debido al maldito estrés.

Anuncio en la prensa del Chemico Body Shield que, según afirman,
proporcionaba total protección contra bayonetas, lanzazos, metralleros
y balas. Un espléndido regalo de Navidad para los que están en el
frente, dice el anuncio.
Esta armadura flexible estaba confeccionada con 34 capas de seda japonesa con una densidad de 21 gramos cada una, o sea, bastante gruesa. El conjunto era prensado con restos de recortes de tejido de seda. A continuación se cubría con lienzo y, finalmente, con muselina o dril de color caqui. Para darle cierta rigidez a la prenda se contorneaba con alambre de 3 mm. de diámetro. Según el fabricante, ofrecía la misma protección que el casco Brodie. Su peso era de alrededor de 1,5 kilos, y el grosor total de la prenda de unos 5 cm. nada menos. En cuanto al precio, superaba las 2 libras, unos 25 dólares de la época. Sin embargo, sus prestaciones contra un royectil no eran para tirar cohetes. Las pruebas se llevaron a cabo con una bala de calibre .45 de 230 grains de peso con una Vo de apenas 183 m/seg. Esto suponía una potencia de alrededor de un 50% menos que la de un 9 mm. Parabellum que, además, tenía una capacidad de penetración mayor. En resumen, que un tedesco armado con una P-08 dejaría seco a un british con ese chisme encima. 

No obstante, y ante la falta de algo mejor, el ejército encargó un número de unidades suficiente como para equipar a 400 hombres por división con la idea de que fueran usados por los grupos de asalto que se infiltraban en las líneas enemigas a dar golpes de mano, en concreto el pringado al que le tocaba ir por delante de todos y que sería el que se llevaría los tiros. Con todo, los resultados no fueron ni mucho menos los que se esperaban y, además, el ambiente trincheril deterioró rápidamente estos chalecos debido a la humedad, roces, etc. En fin, que no fue un éxito.

Casi al mismo tiempo, otro fabricante de Birmingham, la County Chemical Co. Ltd., sacó al mercado el Chemico Body Shield, que en puridad sería el primer chaleco balístico conforme al concepto moderno que tenemos de esas prendas. Sin embargo, el ejército no puso un interés excesivo en el Chemico a pesar de que era más económico y ofrecía una mejor protección. Según vemos en la foto, cubría todo el tronco, tanto por el dorso como por la espalda, y como accesorio podía adquirirse una protección extra para la zona púbica. La prenda, que pesaba alrededor de 2,7 kilos, estaba compuesta por varias capas de diversos tejidos: lino, algodón y seda, compactados y endurecidos mediante una resina. Dichas capas estaban formadas por tiras de 5 cm. que se entrecruzaban unas con otras de forma que se alcanzaban 40 capas de espesor. El conjunto se enfundaba en una camisa de muselina marrón. Además, en la zona ventral disponía de dos bolsillos que valían para guardar cualquier cosa, desde el tabaco o los profilácticos a munición extra o lo que fuese. Su precio era más reducido que el fabricado por la  Munitions Inventions Board, 1 libra y 15 chelines el modelo básico, unos 15 dólares.

Un miembro de la County
Chemical Co. durante la presentación
del Chemico
El Chemico fue testado en el hotel Anderston's ante la presencia de numeroso público ya que, a la vista del escaso interés mostrado por el ejército, estaba claro que las ventas deberían estar orientadas a nivel particular. Así pues, vistieron un maniquí con el chaleco y se realizaron una serie de pruebas para demostrar al personal que aquella cosa salvaría multitud de súbditos del gracioso de su majestad de palmarla miserablemente en Flandes a manos de los malvados tedescos. En primer lugar se efectuaron una serie de disparos con un revólver Colt de calibre .38 Corto a una distancia de unos 3,5 metros sin que lograra atravesarlo. Conviene aclarar que ese calibre no es precisamente un alarde de potencia. Un cartucho cargado con una bala de 129 grains da una energía de 245 julios, mientras que un parabellum con bala de 124 grains la duplica, alcanzando los 494 julios. En todo caso, recordemos que estos chalecos estaban concebidos más bien para detener balas perdidas y, sobre todo, esquirlas de metralla. Luego hicieron que un soldado de los Dragones de la Guardia le endilgara al maniquí varios bayonetazos a un metro de distancia, y tras una docena de intentos no logró atravesar el Chemico.

Cartucho empleado en la demostración y una de las
balas extraídas del chaleco
El modelo presentado estaba compuesto por un peto básico que pesaba 1,2 kilos, al que se podía añadir una protección adicional que cubría ambas partes del tronco con un peso de 1,8 kilos. En la demostración se ofrecía a un precio de 1 libra, 7 chelines y 6 peniques el modelo básico, y 2 libras, 7 chelines y 6 peniques la protección extra. Estos precios, conforme se ve en los anuncios de la época, fueron variando a lo largo del tiempo. Parece ser que los ofrecidos en la demostración fueron, digamos, una oferta de lanzamiento con vistas a que los familiares de los soldados del frente se animasen y adquiriesen el Chemico para enviarlo al sufrido vástago de la familia, o bien que este pudiera comprarlo y le fuese enviado directamente al frente, ofreciendo incluso facilidades de pago que, eso sí, deberían ser acordadas individualmente en cada caso. No obstante, la firma puso bastante énfasis en que su presidente, Wilfred Hill, tenía especial interés en que el Chemico estuviera al alcance de todo el mundo, afirmando que los precios ofrecidos eran sumamente ventajosos.

Sin embargo, el principal cliente potencial del Chemico se limitó al parecer a adquirir algunas unidades nada más. Como disponían de carne de cañón de sobra pues igual consideraban excesivo pagar más de una libra por cada prenda. No obstante, no todo eran ventajas en el Chemico ya que, aparte de los inconvenientes propios de estas prendas en lo referente a merma de movilidad y aumento del ya de por sí excesivo peso que debían acarrear los infantes, las constantes lluvias que convertían el Frente Occidental en una barrizal durante meses y meses eran su principal enemigo. El agua empapaba totalmente el chaleco, restándole eficacia y aumentando su peso de forma muy notable para, finalmente, echar a perder el tejido debido a la constante humedad ambiental. Con todo, tal como vemos en el anuncio superior, debieron tener clientela a nivel particular entre las tropas. En el mismo informa de que han llegado buenas noticias desde Oxenhope, una población de West Yorkshire, en la que el padre de un tal C. Feather comunica que su amado retoño ha salvado el pellejo gracias al dinero invertido en su Chemico, que aparece en la foto con unos orificios de bala que, lógicamente, no lograron traspasarlo. Obsérvese que los precios ya son más caros que los de la presentación, y añaden que la prenda no contiene metal, que queda como un chaleco (de vestir, se entiende), y que incluso abriga durante las noches frías.

En ese otro anuncio, de julio de 1917, se insiste en que hay menos bajas con el uso del Chemico, y se informa al respetable público que ha pasado por varias pruebas incluyendo bayonetazos, disparos con el revólver reglamentario (el Webley de calibre .455), metralla, etc. Según podemos colegir por la fecha del anuncio en cuestión, la empresa debió recibir pedidos de forma regular. Al cabo, ¿quién no procura salvar el pellejo por las poco más de tres miserables libras que costaba el modelo completo? 

Bueno, estos fueron los primeros chalecos balísticos que estuvieron en circulación. De forma más o menos simultánea otras firmas ofrecieron chalecos con protecciones semi-rígidas, pero de esos hablaremos otro día. 

Hale, he dicho